jueves, 11 de agosto de 2016

RICARDO MELGAR BAO : LAS CARTAS



No solo los historiadores han realizado estudios sobre cartas, ya verán por qué. Al igual que todos ustedes, más allá del muro y del chat, suelo comunicarme a través de los "emilios". Pero, durante algunas décadas escribí cartas. Las primeras, me remiten a 1956, cuando con mis diez años a cuestas, debuté como coleccionista de estampillas y comencé a cultivar un intercambio con corresponsales interesados en la filatelia, el cual no siempre fue afortunado. ¿De dónde salieron mis corresponsales? Pues nada menos que de las revistas que leía, incluso de algunos comics que consignaban este tipo de mensajes. Este bien preciado, tuvo que venderlo para sostener mi último año de estudios, doce años más tarde. Y no me arrepiento de ello. Y fue por esas fechas sesenteras que ya tenía otro tipo de intercambios epistolares con gente de mi generación radicada en varios países, interesada en temas literarios y eventualmente políticos. Las cartas, muchas veces fueron la bisagra para enviarnos libros y revistas inalcanzables en nuestros espacios de vida. En los últimos tiempos, me he dedicado a la investigación de las cartas cruzadas entre intelectuales y lo sigo disfrutando. Cuando el antropólogo Carmelo Lisón mencionó en 2006 que nuestra disciplina se había abierto al estudio de nuevos horizontes narrativos, incluido el de las cartas, dio en el clavo: la epistolografía no nos debía ser ajena. Las palabras que fueron dichas por nuestro colega español en el marco de un Simposio Internacional en Granada debatían el universo narrativo del capital letrado, pues, nos abrió las puertas para recuperar al género epistolar. Sin embargo, desde el caleidoscopio de las disciplinas humanísticas convergen algunos enfoques como los sustentados por Barthes, Foucault y Derridá que niegan la relevancia del autor y del destinatario, con la finalidad de abonar en favor de la autonomía del corpus epistolar y de las respectivas estrategias hermenéuticas que le corresponden Evidentemente, no compartimos tales puntos de vista toda vez que reivindicamos la dimensión intersubjetiva que le es inherente a la práctica epistolar, así como su relevante función en el tejido de la forma diádica y nuclear de una red intelectual y/o política. La construcción de una comunidad de sentido se apoya en el intercambio epistolar, además de otros medios letrados, viajes, reuniones y eventos intelectuales. La intersubjetividad epistolar descansa afectivamente en las relaciones de confianza de los corresponsales. Dejemos que Rafael Heliodoro Valle, nos exprese su parecer, fundado en su reconocida experiencia epistolar: "Es la carta uno de los mejores documentos que el historiador puede tener a la mano para tomar el pulso de una sensibilidad o de una época. Sobre todo aquella que no tuvo la intención de no ser publicada y que, discretamente oculta en los archivos familiares o sorprendida en el bosque de los papeles, hace confidencias, arroja claridad sobre un enigma o se conforma con ser uno de esos cristales por donde se deja transparentar la emoción en penumbra."

La secrecía o confidencia están cargadas de emocionalidad y pueden ser correspondidas con la lealtad del silencio, el consuelo o el consejo. Sin embargo, a veces, al irrumpir la infidencia en el espacio público, quiebra las relaciones de confianza e incluso genera daño moral, político o de imagen. Poseo mucha tela de donde cortar, la cual tomaré parcialmente en mi próximo libro