Magdalena Chocano
I
Las memorias o autobiografías escritas en función de una opción política pocas veces alientan a reflexionar sobre la visión estética que ocasionalmente satura ciertos ámbitos de su discurso. Antes bien inducen al lector a centrarse en los datos fehacientes
que sirvan para aclarar el sentido del proceso político, la presencia de
la emoción social, o la existencia de vínculos partidarios e ideológicos.
Las elusivas vivencias estéticas plasmadas o invocadas en estos textos cobran la apariencia de elementos marginales, si no prescindibles,
cuando en realidad analizar su yuxtaposición y/o fricción con una determinada visión política puede producir resultados interesantes. Más recientemente, el hábito de la subalternidad en la lectura de testi¬monios generados en el llamado tercer mundo ha ahondado el empobrecimiento de las lecturas posibles, con su tendencia a sacralizar el testimonio del oprimido, idealmente no contaminado por la política, aunque a la vez se le atribuya una estrategia instintiva contraria a la dominación social. Esto ha llevado a ejercer una especie de populismo académico al desterrar los testimonios declaradamente políticos, con lo cual muchos problemas de la formación de la subjetividad política en el Perú corren el riesgo de quedar en la oscuridad. Aquí intentamos auscultar par¬cialmente la obra autobiográfica de Eudocio Ravines Pérez, militante comunista y tránsfuga derechista. Nos centramos principalmente en
la narración de la infancia aunque para ello es necesario aclarar las condiciones más amplias en que ese testimonio fue generado.
II
Eudocio Ravines (Cajamarca, 1897-México, 1984) fue un político profesional: “Nunca estuvo en la base; siempre en los aparatos burocráticos. Profesión: secretario general”1 . Partiendo de una primera experiencia de organización sindical con los empleados limeños bajo el gobierno de Leguía, los cuales no resultaron tan radicales como hubiera deseado
(1919-1921)2 , Ravines se acercó a Haya de la Torre y luego pasó al círculo de José Carlos Mariátegui. Viajó a Europa en 1927 y trabó relación con Henri Barbusse (1873-1935), intelectual pacifista francés, que lo puso en contacto con la Internacional Comunista (Comintern), organismo fun¬¬dado en 1919 para fomentar la revolución a nivel internacional, pero que acabó convertido en un instrumento de la política exterior soviética hasta su desaparición en 1943. A la muerte de Mariátegui, en 1930, Ravines fue nombrado secretario general del Partido Comunista del Perú.
A raíz de la represión desatada por el gobierno de Benavides, Ravines regresó nuevamente a la Unión Soviética y asegura haber asistido a las "conferencias secretas" de la Comintern sobre Asia y América3 ; es probable que también participara en la 7ª conferencia de la Comintern en Moscú de 1935. Después partió hacia Buenos Aires con destino a Santiago de Chile. Ravines no indica claramente su puesto en la jerarquía de la Comintern, aunque haber sido nombrado "instructor" para Chile. En un momento dice: "Los expertos de la brigada comunista
internacional, que debían trabajar bajo mi comando, llegaban uno a uno"; pero en el párrafo siguiente señala a uno de sus presuntos subordinados, el tipógrafo italiano Marcucci (alias de Davide Maggioni), miembro de la Juventud del Comintern, como "verdadero comisario político de la delegación"4 . En todo caso, Ravines no permaneció en Chile mucho tiempo, pues, en 1937, le fue ordenado (junto con otros miembros de esa brigada) trasladarse a España, ya en plena guerra civil.
En España pasó la mayor parte del tiempo en Valencia, capital de la asediada república española entre noviembre de 1937 y octubre de1937, donde quedó integrado en el equipo de redacción del diario Frente Rojo5 . Este diario era el órgano de prensa del diminuto partido comunista de filiación stalinista en España, que actuaba como brazo
de la Comintern. Apenas salió a la luz desató una delirante campaña contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), blandiendo la acusación de trotskismo. Los comunistas stalinianos procuraban
bloquear los avances de la colectivización y del control obrero bajo la república, con el fin de no estorbar la política de alianzas internacionales que Stalin quería establecer. La vitriólica denuncia de Frente Rojo y otros periódicos afines legitimó la violenta represión contra los sectores revolucionarios españoles realizada por los comisarios del Komintern
y demás aparatos soviéticos que se habían ido infiltrando en España.
El asesinato de Andreu Nin, uno de los principales dirigentes del POUM, en Alcalá de Henares, marcó un hito en esta sanguinaria campaña.
Posteriormente Ravines recordaría con indignación el comportamiento de sus entonces camaradas. No sabemos la fecha precisa de la llegada de Ravines a España, pero probablemente fue a inicios de la primavera boreal de 1937. Cuando la sede de este diario se trasladó a Barcelona, en noviembre de 1937, parece que Ravines se trasladó también a esa ciudad. El tipógrafo "Marcucci", de la Juventud de la Comintern, con quien Ravines mantenía un estrecho vínculo se suicidó en el transcurso del año 1938, y Ravines recibió la orden de presentarse en Moscú. Ravines atribuye el suicidio de este camarada a sus fuertes contradicciones con la cúpula dirigente staliniana (el controvertido Codovilla, el siniestro Stepánov, etc.); pero otras fuentes señalan que el suicidio se debió a
que Lebedova, esposa de Marcucci, lo abandonó por Palmiro Togliatti, entonces también en España6 .
Como quiera que sea este hecho debió de dejar a Ravines en una situación comprometida, y es probable que ello explique porqué fue llamado a Moscú de modo perentorio, sin que se le permitiera viajar con su esposa, quien quedó en España a punto de dar a luz. Ravines no explica con detalle qué medios le permitieron evadir la letal purga moscovita
(el no tener nacionalidad soviética no era tampoco una garantía de sobrevivencia); en todo caso logró reivindicarse, y fue enviado nuevamente a Chile donde trabajó para el aparato de prensa del Partido Comunista Chileno bajo el nombre de Jorge Montero7 . Desencantado definitivamente de la militancia, volvió al Perú e intentó durante un breve tiempo formular una alternativa de izquierda no comunista ni aprista, pero terminó por enrolarse en La Prensa, diario limeño, propiedad del
acaudalado hacendado y financiero Pedro Beltrán Espantoso (1897-1979), desde donde se lanzó a una ferviente campaña anti comunista y anti aprista. Tras el golpe de Odría en 1948, fue de¬portado en 1951, y se refugió en México, donde dio publicidad a sus memorias. Regresó al Perú repetidas veces, siempre dedicándose al periodismo e incursionando incluso en
la televisión. Finalmente, a raíz del golpe de estado de 1968, se exilió a México donde vivió hasta su muerte.
Tal como se ha dicho, “Ravines fue un cuadro de la Internacional y del comunismo peruano, aunque esto no sea fácil de aceptar por quienes condenan toda su biografía desde un hecho: la salida del
par¬tido y su posterior anticomunismo...”8 . La cuestión no se limita a la pasión de condenar o aprobar moralmente, pues el texto de las memorias de Eudocio Ravines, La gran estafa: la penetración del Kremlin en Iberoamérica (México, 1952) nos pone ante un complejo problema
histórico y humano: ¿hasta qué punto la verdad subjetiva de un momento se puede realmente representar a la luz de la verdad subjetiva de otro momento? En ese texto, Ravines emprendió la tarea casi imposible de representarse como el comunista que fue desde el anticomunismo que había abrazado.
III
Ravines declara en la introducción a La gran estafa: "Este libro no es un alegato: sólo quiere ser un testimonio", testimonio que tiene como objetivo expreso alertar a los lectores de la penetración comunista en los países latinoamericanos y denunciar la intención de los comunistas de valerse de las políticas de frente. En buena medida, esto significó condenar también a los "compañeros de ruta", es decir, a la izquierda no comunista o reformista, que, según Ravines, simplemente estarían haciendo el juego a los comunistas orquestados por Moscú. Esta posición no estuvo carente de consecuencias para los movimientos sociales y políticos de América Latina: los intentos reformistas debieron afrontar la represión sistemática más sanguinaria apoyada por Estados Unidos en nombre del anticomunismo. Precisamente un nuevo ciclo de esta represión comenzó con el derrocamiento de Arbenz en Guatemala en 1954. A diferencia de lo que ocurrió en Europa, donde –tal como ha mostrado la estudiosa F. S. Saunders–, la izquierda no comunista fue vista por los organismos de inteligencia estadounidense como una posible aliada para contrarrestar el influjo comunista de obediencia soviética, en América Latina se optó por aplastar incluso las alternativas reformistas, apoyando cruentas dictaduras que sumieron a sus países en un oscurantismo y una miseria tales que hasta hoy no se vislumbra una segura recuperación de esos males9 . Ravines, al equiparar a la izquierda no comunista a una obediente oveja de los dictados soviéticos, justificó y condonó dicha represión.
IV
El testimonio de Ravines no surgió gratuitamente de una pura necesidad subjetiva más o menos coincidente con el momento histórico. Existe un informe confidencial anónimo escrito en inglés que se le envió al editor Joseph G. E. Hopkins, de la casa editorial Scribner’s de Nueva York, una de las más antiguas de Estados Unidos, dando como referencias personales dos nombres: John Adams Truslow, del Banco Mundial10 , y Pedro Beltrán, el director del periódico La Prensa (1934-1974), importante empresario, quien además había sido embajador en Estados Unidos (1944-1946). Dicho informe está redactado de modo impersonal pero en un caso adopta la primera persona: “No hay otro ejemplo de comunista converso en América Latina que yo sepa”. En el informe se dice también que la obra era de interés en función del
programa de defensa inter-hemisférico y a causa de la intensa actividad comunista en el Perú, Argentina, Chile, Colombia y Venezuela. A juicio del anónimo informante, la obra de Ravines sacaría a la luz la “conspiración roja” en América Latina y esto daría un gran golpe a Stalin.
También se dice que si al editor le interesara el libro debe telefonear en el acto a Truslow, ya que para publicarlo existen fondos “por encima de toda sospecha”11 . Truslow parece ser el intermediario fundamental en esta empresa, pues posteriormente el editor J. G. E. Hopkins le escribió enviándole un capítulo traducido que había sido revisado con gran
cuidado por él mismo y otros editores, y le pide su opinión sobre detalles muy precisos sobre la traducción y que le permita tener contacto
directo con la traductora, Sue Vaillant12 .
La autoría de la traducción es otro punto oscuro en la génesis de la obra de Ravines. Wendell Minnick en su enciclopedia sobre espías y agentes provocadores dice que la CIA destacó a uno de sus agentes, William Buckley, Jr., a México, D.F. para que ayudara a Ravines, que se encontraba allí expulsado por el régimen de Odría, en la edición13 . Minnick afirma que Buckley también tradujo la obra al inglés. Esto no coincide con la correspondencia del editor, pues la persona que le escribe en calidad de traductora firma con el nombre de Sue o Suzannah Vaillant. He intentado, sin éxito, encontrar otras traducciones hechas por esta persona14 . El texto de Ravines fue publicado primero en inglés con el título de The Way to Yenan (Nueva York: Scribner’s, 1951). En los créditos de dicha edición no figura en absoluto el nombre de la traductora. Es posible que el objeto de esta omisión fuera crear la impresión de que la obra había sido escrita directamente en inglés por su autor, lo cual fuera de EE. UU. podría haberle dado un cierto lustre intelectual.
Sin embargo, esto puede haberse debido a otras razones. Inicialmente se pensó en dotar al texto en inglés de una presentación. Según la traductora, Ravines deseaba que Norman Thomas, socialista estadounidense, seis veces candidato por el Partido Socialista a la presidencia de EEUU, escribiera el prólogo, porque esto daría gran prestigio a su obra en Sudamérica “entre los liberales”. Pero Thomas no lo escribió o si lo hizo, no fue publicado, porque el texto vio la luz sin prólogo alguno15 . Según explica la traductora, Ravines había insistido en que se incluyera un párrafo que dijera que estaba fuera del país por su postura democrática, pues no aceptaba el juego sucio tan común en América Latina de llamar democráticos a regímenes que perpetraban los peores ataques a los derechos ciudadanos. También deseaba que Thomas dijera que nunca se convencería a los pueblos latinoamericanos de la buena fe de Estados Unidos ni de la bondad de su estilo de vida, si por una parte se condenaba las farsas democráticas soviéticas, pero Estados Unidos a través de sus embajadores toleraba e incluso aplaudía regímenes como el del general Manuel Odría en el Perú (1948-1956), para no mencionar los de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana (1930-1961), Anastasio Somoza en Nicaragua (1937-1956) y Hugo Ballivián Rojas en Bolivia (1951-1952). La traductora decía que esta era una crítica a la política exterior de Estados Unidos en América Latina que le había
planteado todo latinoamericano decente que había conocido. Ravines
quería que Thomas, sin mencionar estos dictadores, señalara por lo menos que el apoyo del Departamento de Estado a los susodichos no permitía a los latinoamericanos optar de un modo razonable entre Estados Unidos y Rusia16 . Vaillant consideraba inoportunas las sugerencias de “Chico” (Ravines) a Thomas, pues dice “Quisiera que el viejo imbécil hubiera pensado incluir algo así al final del último capítulo...”17 . Vaillant parece haber simpatizado con la izquierda no comunista, ya que agrega una postdata manuscrita pidiéndole al editor que le diga a Thomas que votó por él en las elecciones de 1948 en Estados Unidos. Al final, quizá no lograron ponerse de acuerdo en estos puntos, y hasta es probable que por ello Vaillant no figure como traductora.
Cuando la obra apareció un problema que había sido detectado por el editor y otros redactores se hizo evidente: la datación de los episodios. En el texto en inglés se dan las fechas de algunos episodios claves, mientras que en el texto castellano brillan por su ausencia: por ejemplo, en The Way to Yenan Ravines indica su fecha de nacimiento, pero no en
La gran estafa. El punto más problemático fue el relativo a los comunistas chinos en la URSS. Un tal John E. Reinecke escribió a la editorial Scribner’s para cuestionar el mismo título de The Yenan Way, pues ba¬sándose en un estudio de Edgar Snow, Red Star Over China (1938),
concluía que Mao no podía haber estado en Moscú en otoño de 1934, como decía Ravines, y que para entonces la marcha sobre Yenan no había ocurrido todavía18 . El profesor Robert C. North, de la Institución Hoover19 , respondió a Reinecke (con copia a Scribner’s) diciéndole que efectivamente la historia era muy compleja y que el testimonio de Ravines era difícil de sustentar con los datos conocidos hasta el momento y le recomendaba la lectura de su trabajo Kuomintang and Chinese Communist Elites20 . Finalmente, J. G. E. Hopkins agradeció al profesor North sus explicaciones, comentándole las dificultades de establecer los hechos “porque los dos bandos en el campo chino eran [tan] fanáticos” y se¬ñalando que el título elegido por Ravines no había sido muy apropiado. Decía también que había recibido muchas cartas de “exaltados iz¬quierdistas” desde la publicación del libro21 . La primera edición en castellano se publicó en México en 1952 con el título de La gran estafa: la penetración del Kremlin en Iberoamérica (el pie de imprenta rezaba
“Libros y Revistas”, nombre muy poco distintivo para una editorial) y de ahí en adelante se siguieron sucesivas ediciones por diversas editoriales del mundo hispanoamericano: en Santiago de Chile (Editorial del
Pacífico) en 1954, y en Madrid (Antorcha) en 1953 y 1958, y en Buenos Aires en 1974 (edición ampliada). Asimismo se publicó en Miami una edición castellana en 1961 con anotaciones sobre Cuba.
V
El texto de Ravines, por tanto, no es una simple “fuente” para estudiar el movimiento comunista. Es un artefacto de la guerra fría. Por ello una lectura paralela del texto en inglés y en castellano ofrece interesantes contrastes. Además de la cuestión de las fechas ya señalada, lo más saltante es que en el primero se suprimen muchas conversaciones y episodios relativos a la infancia. La supresión de los episodios de la niñez se debe a que a juicio de los consejeros editoriales no era verosímil que un niño recordara conversaciones tan complejas22 . Probablemente dar una versión literal de estos episodios en inglés habría obrado en contra del efecto de identificación a través del cual la obra podía captar la atención del lector promedio en Estados Unidos. Por ejemplo, las referencias de Ravines a la gran biblioteca de su tío, a sus lecturas de Nietzsche (que, como veremos aparecen en el texto en castellano) no hubieran producido en este teórico lector ninguna empatía, sino extrañeza y hasta dudas sobre su fiabilidad, tal como apuntaban los examinadores del texto.
No siempre el impulso autobiográfico de Ravines parece haber coincidido con los intereses programáticos, ni con la disciplina edi¬to¬rial de sus mecenas, razón por la que dentro de una escritura ya estrechamente condicionada por la misión de predicar contra el comunismo, hay nuevas supresiones y censuras en aras de adaptarse al pretendido lector de lengua inglesa. En la correspondencia del editor Hopkins hay algunas referencias críticas a los aires de “autor” de Ravines y a sus pretensiones literarias y poéticas. Un elemento de la tensión, sin duda, tiene que ver con la distinta política editorial tal como se practica en
la lengua inglesa en Estados Unidos. Lo que se entiende por edición de
un texto supone una intervención mucho mayor del corrector, hasta el punto que los originales sufren un cambio radical en función de parámetros muy fijos, en cambio en la edición castellana la intervención del corrector es mucho más circunscrita y el texto original tiende a ser preservado en su integridad, con lo cual la idiosincrasia del estilo del autor resulta mucho más perceptible. Al suprimirse en la versión inglesa episodios enteros de la niñez tal como Ravines los había expuesto originalmente se adelgaza en grado sumo la materialidad de la ex¬periencia que intenta transmitir, ya que se consideró que unos pocos elementos bastaban para establecer ante el lector la evolución del narrador, de modo que aquel se adentrara cuanto antes en la esencia de
la “conspiración roja” en Sudamérica, que era el tema que realmente importaba. No era lo que Ravines hubiera deseado, pues dedicó bastante espacio a explicar su niñez a los lectores en lengua castellana, ante quienes presentar dramáticamente las experiencias que caracterizaron su infancia era esencial para establecer su credibilidad y hasta se podría decir su respetabilidad cultural, de un modo que habría resultado innecesario ante el lector de Estados Unidos. La versión castellana, curiosamente, le permitió una mayor libertad a la hora de plasmar en el texto una serie de experiencias que desde el punto del servicio de inteligencia estadounidense serían superfluas para los fines que debía cumplir esta obra. A continuación examinaremos cómo Ravines retrata su infancia basándonos en la versión castellana, señalando los aspectos diferenciados o contradictorios respecto a la versión inglesa.
VI
Ravines inicia sus memorias evocando la “vida estancada” de Cajamarca, su ciudad natal, donde “cambiaban las cosas no las personas”: indios descalzos arreando sempiternamente recuas cargadas de alfalfa
y grandes latifundistas apareciendo de vez en cuando para alterar apenas el letargo de la urbe provinciana. Cajamarca es la mera representación de un sueño milenario y estático cuyo referente esencial es haber sido el escenario del aprisionamiento de Atahualpa por Pizarro. Efectivamente, un examen de corte socioeconómico indica que el mundo rural caja¬marquino experimentaba inversamente los dinámicos flujos capitalistas de la costa norte desde fines del siglo XIX, dando lugar a una mayor presión de la feudalidad sobre los recursos y los trabajadores23 . El medio urbano se veía sofocado probablemente por esta misma tendencia.
En el relato de Ravines, el episodio que rompe esta teórica monotonía secular son las elecciones presidenciales de 1904, en que se midieron Nicolás de Piérola (1839-1911), el jefe del Partido Demócrata, y José Pardo (1864-1947), candidato del Partido Civil. Los demócratas representaban a un grupo burgués menos afortunado, al que se sumaban las clases medias provincianas y sectores populares, mientras que los civilistas convocaban principalmente a los burgueses de las ciudades costeñas y a la mayoría de latifundistas y notables de provincias24 . De
un inicial auge, los demócratas, gracias a la estrambótica política de abstención, habían ido perdiendo posiciones en el limitado aparato
parlamentario y eleccionario que precariamente daba una fachada de política representativa al país. En Cajamarca, la ciudad, las familias y
los barrios se dividen en bandos para apoyar a su respectivo candidato. Ravines nos sumerge en la situación mediante un montaje de dos
planos que se superponen y a la vez se explican: el de la casa familiar y el de la calle. Tres personas conversan en la casona desde cuyo balcón observan el transcurrir de una manifestación pierolista. Uno de ellos
es el abuelo de Ravines, patriarca de la familia, antiguo pierolista; otro es el Coronel Belisario, hijo del anterior, de mediana edad y hermano mayor del padre de Ravines (al que le lleva 25 años), que mantiene también la adhesión a Piérola; y por último, el tercero es el juez de
paz cuya filiación no se especifica y que la mayor parte del tiempo permanece en silencio.
En la calle hay gran algazara de manifestantes demócratas, encabezados por el padre de Ravines, que pasan gritando: “¡Viva el Califa! ¡Viva Piérola! ¡Por Cocharcas otra vez!”. Mientras tanto, en la biblioteca de la casa, el Coronel Belisario Ravines (que parece tener conocimientos de impresor y encuadernador) acaricia el lomo de un libro de Nietzsche: Así hablaba Zaratrusta (¡se trataría de uno de los primeros ejemplares en haber llegado a la provincia!). El abuelo lamenta la actitud contemplativa del Coronel, y señala al hijo menor, el padre de Ravines, que ya vuelve cansado y alegre de la calle, como un verdadero pierolista. El Coronel responde que los tiempos no son propicios al pierolismo: “Estas son elecciones con Prefectos, Subprefectos, Alcaldes y presidentes de mesa civilistas y mayores contribuyentes civilistas. Quizá los demócratas vamos a ganar en una u otra parte; pero me parece que Piérola va a ser barrido” (p. 10). Esta confrontación de tres generaciones de pierolistas es interrumpida por la sirvienta que anuncia la hora de la merienda por encargo de la madre del pequeño Eudocio. La conversación entonces deriva en una crítica acerba de los latifundistas. El padre de Ravines
y sus contertulios mencionan con acritud a Paula Iturbe, al “viejo Revoredo” y al “cholo Simón”, aunque aceptan que entre estos representantes del atraso y el estancamiento hay también pierolistas como los Puga25 . La política no se divide en campos claros y definidos en
que los Ravines, partidarios del progreso, puedan sentirse totalmente cómodos con sus correligionarios pierolistas.
Piérola, cuyo retrato preside el salón de la casa, y Nietzsche, cuya obra aprecia el Coronel, sugieren un inédito ángulo en la historia política provinciana. En realidad poco sabemos de la recepción del filósofo de la “voluntad de poder” en el medio peruano académico y no académico. Sabemos que las más antiguas traducciones de Así hablaba Zaratrusta al castellano las publicaron la casa valenciana F. Sampere y La España Moderna a fines del siglo XIX. ¿Es posible que algún ejemplar ya hubiera llegado a la remota Cajamarca y acabado en las manos del Coronel Ravines? No es necesario por ahora dilucidar este detalle erudito que ameritaría quizá una tesis, lo que importa es que con estos nombres evoca Ravines un sorprendente clima familiar en que la política queda extrañamente sometida a la irradiación conjunta de Piérola y Nietzche.
No son esas empero las únicas fuerzas que dominan el ambiente hogareño de Ravines. A su regreso de la manifestación, el padre encuentra los agrios reproches de la madre que enfrenta a toda la familia del esposo: “ni el Califa, ni sus montoneros, ni sus manifestaciones van a alimentar a sus hijos, ni les van a dar educación, ni les van a regalar una carrera” (p. 9). Pero el discurso materno no se funda en el pragmatismo; el conformismo defendido por la madre se nutre de una religiosidad fanática que postula la mortificación como el verdadero medio para alcanzar el favor divino.
La pasión religiosa de la madre y el fervor político de la familia paterna crean en Ravines un remolino de vivencias que evoca a través de los estados de fascinación sensorial en que queda inmerso:
“A través de la ventana entraba la fiesta luminosa del poniente.
De rodillas ante las imágenes repetía sin pensar en las palabras que pronunciaba, los padrenuestros, las avemarías, las jaculatorias. Mi alma estaba ebria de aquel maravilloso crepúsculo que imaginaba una montonera comandada por el Califa en persona. Me encantaba, hasta la voluptuosidad física, la palabra Califa, y aquel crepúsculo encelajado y moribundo” (p. 14)
Las palabras devotas pronunciadas mecánicamente se asocian a una visión sublime que tiene su vértice en un líder que encarna la emoción política de la familia y fija el episodio en la memoria textual de Ravines. Si, como el anónimo lector de la casa Scribner’s señalaba, todas estas conversaciones y polémicas no podían haber sido nunca captadas por un niño siete u ocho años, no tiene la menor importancia, pues
lo que interesa es que a través de esta figuración construida probablemente a posteriori, Ravines intentó retratar las fuerzas esenciales que marcaron su formación.
VII
La niñez de Ravines aparece dominada de modo hegemónico por las figuras paterna y materna. Ninguna relación horizontal, sea con hermanos o primos, hace cesar esa atención casi obsesiva que presta a sus progenitores y que, al parecer, ellos se encargaron de fomentar de modo muy concreto: “Jamás fui a la escuela primaria y mi madre fue mi primer maestro, por decisión irrevocable y pertinaz que mi padre no pudo, ni supo contrarrestar. Siendo niño no tuve otros amigos que mis numerosos primos y sobrinos de mi edad” (p. 15)26 . Estos compañeros de juegos no vuelven a ser mencionados y Ravines no señala de entre ellos ninguna individualidad que exija o imponga algún vínculo emocional particular. Al no tener que ir a la escuela, el rechazo a una sociabilidad más amplia queda inscrito en la misma forma en que recibe la educación elemental; la familia y la religiosidad lo aíslan en abierta negación del estado, negación que no tiene nada de anarquista sino que refleja el deseo de un orden monacal-señorial que la madre quiere instaurar para impulsar calladamente la vocación religiosa de su hijo. El recurso del padre para introducir algún contenido secular en la formación del niño no puede ser más endeble: “traía libros laicos que se empeñaba en que yo leyera: los Episodios Nacionales de la Guerra del Pacífico, la Historia de la Conquista del Perú que culminaba con la ejecución del inca en Cajamarca; un libro de Geografía donde se afirmaba que la tierra es redonda y que ella giraba alrededor del Sol; decía también el libro que por haber afirmado estas verdades, la Iglesia había quemado a Giordano Bruno y había forzado a una retractación humillante a Galileo” (pp. 15-16). Ante esto la madre reacciona con súplicas por la inocencia del niño y con amenazas de quemar el libro “hereje”.
“Mis padres tenían sentidos antagónicos de la vida, no obstante que se querían y se llevaban muy bien”, confirma Ravines. Curiosamente en la versión inglesa, el contrapunto entre la madre y el padre se presenta en estos términos: “My mother came of an old civilista family, which had very much deplored her marriage to my father, whose family were democrats, to a man [...] who had actually fought for Piérola in 1895 when he defeated Cáceres...” (The Yenan Way, p. 2)27 , mientras que en el original castellano Ravines evita cuidadosamente explicar las contradicciones entre el padre y la madre en función de una distinta filiación política. Antes bien, Ravines señala que ella se ocupaba de hacerle aprender de memoria los discursos de Piérola:
“por un anhelo inequívoco de ostentación y con sigiloso propósito de convertirme en el centro de los comentarios familiares, me torturaba largas horas obligándome a aprender de memoria, sin que faltase una palabra, los discursos de don Nicolás de Piérola, que luego repetía en el salón del Coronel, ante una entusiasmada concurrencia de fervorosos demócratas quienes después de Dios, creían en la santidad milagrera y en el talento genial del Califa.” (p. 16)
Aunque efectivamente parece haber existido cierta tirantez entre las familias paterna y materna28 , el rechazo de la madre a Piérola en todo caso no es absoluto, habida cuenta de que la devoción del caudillo que en su juventud quiso ser sacerdote era cosa conocida. Ravines, que previamente ha admitido que Piérola en tanto figura caudillesca lo fascinaba, no concede en cambio a la palabra de este caudillo mayor importancia en su formación intelectual, pese a haber memorizado y repetido sus discursos. Enfatiza que su mentalidad estuvo moldeada inicialmente por el puro adoctrinamiento religioso: “Hubo escasa
fantasía en mi infancia, o quizás sea mejor decir que ella tuvo esencia y aparecer místicos: fue ascética, teológica, poblada por trascendencias que se movían en catacumbas y tebaidas” (p. 16).
Algunas observaciones del historiador Jorge Basadre sobre los usos verbales de Piérola, sugieren otra perspectiva, que matizan y pro¬fundizan esta vertiente devota. Piérola poseía una estilística y un tono propios claramente diferenciados de otros políticos de la hora: “el estilo sentencioso, donde las ideas generales y los grandes conceptos directivos de patria y civismo arrollan casi siempre al comentario o a la alusión
del instante; estilo enfático y breve, que desconcierta a quienes no pueden prescindir de los libros y las citas, pero que llegó al pueblo con acento de profecía”. Y el Califa conservó de su inicial vocación sacerdotal “el tono dogmático”29 . ¿Cabría sugerir que esta actitud dogmática y profética
vertida en un molde laico, habría así llegado sutilmente a quien sería uno de los promotores del comunismo peruano posterior a Mariátegui?
En sus padres Ravines percibió casi arquetípicamente dos actitudes contrapuestas ante las cuestiones vitales de su infancia, y confiesa que el estilo desenfadado del padre le suscitaba rechazo: “En las controversias domésticas ganaba siempre mi madre ante mí, por la carga de emoción y de pasión que ponía en todo. Mi padre perdía porque se burlaba, no daba importancia a lo que la tenía para mí” (p. 16). La indefinición del padre respecto a la noción esencial de “pecado” le causa desazón. El padre lo lleva al circo, donde el niño vive fuertes emociones, pero a su regreso acepta que la madre obligue al niño a hacer penitencia por ello: debe rezar incontables credos y mea culpas, y memorizar textos devotos.
Retrospectivamente, Ravines desnuda –quizá con la mirada
aguzada por su posterior vida política– la utilización de la experiencia estética como arma de la política devota de su madre. Recuerda así su primera comunión: “El altar mayor estaba engalanado y en los cande¬labros ardían docenas de gruesos cirios; el retablo estaba asimismo
pletórico de velas que ardían con sus llamas inmóviles, como si fuesen plegarias llenas de angustia, transfundidas en un pesar inacabable: tal era su elevación en punta y su inmovilidad hierática. [...] Aquella misa cantada tenía, sin duda, un embrujo que atraía, que seducía, que invitaba al sacrificio y a la entrega, que convocaba a hacerse fraile de San Francisco. Y mi madre gozaba infinitamente asistiendo a esta sutil y encantadora captación” (pp. 17-18). Al memoriógrafo Ravines, pese a aceptar la preponderancia materna, no se le oculta que el goce sensorial que la devoción le ofrece no es gratuito, ni libre, sino que está hipotecado al designio de la madre de que se haga fraile.
VIII
La derrota electoral del Partido Demócrata dirigido por Piérola parece haber tenido consecuencias funestas para la familia. Al menos, eso es lo que Ravines recuerda: el padre de Ravines debió abandonar toda esperanza de ser incorporado al ejército con el grado de sargento mayor y asegurar con ello el porvenir de su familia. Se hace artesano, pero sus ingresos son miserables. No explica qué pasó con el resto de familiares, aunque no es imposible que corrieran mejor suerte. Los padres de Ravines rematan sus objetos de plata, la capa de pieles de la madre y “la gran cama de metal de dos plazas, con su alta y labrada corona de bronce, que había presidido nuestros nacimientos y nuestra primera infancia” (p. 19). Ravines contempla cómo se desbarata su hogar a través de los ojos de su padre, desolado por no tener medios para mantener la dignidad de la familia. Esto posiblemente conspiró para que en la evocación del ambiente de su infancia no exista ningún
momento colectivo (que trascienda el medio familiar) asociado a la experiencia de plenitud sensorial. La belleza natural es engañosa y está asociada a la muerte:
“La tierra de aquella comarca era fértil pero el sistema era estéril;
era una tierra encrespada, hirsuta en su aislamiento, sin caminos, sin amarras con el mundo cuyo movimiento pasaba de largo por el mar y por la costa. Tierra encantada y maravillosa, madre de un ambiente de pesadumbre que aplastaba al hombre, que se adhería a él como una mortaja de cuero mojado constriñéndole los mús¬culos, la piel, los huesos, hasta volverlo polvo y lodo del polvo...
El milagro gayo y reverberante de la naturaleza acentuaba con
áspera rudeza el contraste con la miseria, el abatimiento y la opacidad de las gentes. Era una naturaleza brillante, dentro de la cual se movían seres opacos; era un mundo alegre en el que chapoteaban individuos desaristados y tristes”. (p. 20)
Para superar esta situación, el padre decide emigrar en busca de fortuna, pero no a la costa donde probablemente sólo podría haber
trabajado en las haciendas, sino a la selva, animado por historias de riquezas fabulosas que habrían obtenido algunos vecinos de la ciudad. La partida del padre es un acontecimiento desgarrador para Ravines, adquiriendo su figura una intensidad descollante que opaca la de cualquier otro personaje masculino de los muchos presentados en sus memorias (exceptuando quizá a Haya de la Torre). En los pocos episodios que hasta aquí han dado constancia de la presencia paterna (su participación en la marcha pierolista, la conversación familiar), ésta es más ligera y suave que la de la madre, pero la partida le da una mayor hondura en su narración: a través de él vive la historia de las entradas españolas al Amazonas, se identifica con los valientes Orellana, Aguirre, y otros conquistadores (elementos expurgados en la versión inglesa). La par¬tida del padre trastorna todo el universo del niño y le hace conocer el miedo en estado puro: “Por la noche mi padre hizo ingresar al patio, atravesando la habitación que nos servía de dormitorio, la mula en que debía partir. Desde mi cama... contemplé los ojos verdosos, relucientes, del animal un tanto asustado al atravesar la pieza a oscuras. Los cascos herrados sobre los ladrillos y aquellas pisadas golpeaban sobre mi corazón. Tenía pavor... sí, era de miedo a que aquel hombre no regresara nunca más.”
Ravines intenta captar lo aterrador de esta experiencia refiriéndose reiteradamente al olor de la chaqueta de cuero del padre y a los ojos de la mula, elementos con que asocia el presentimiento de la muerte y la desolación. El padre en los momentos previos a su salida hacia la selva es descrito como si fuera ya un ser fantasmal: “Y él estaba allí, de pie, calzado de grandes botas, inmenso, blanco como la cal de la pared, con los labios resecos y los ojos enrojecidos y tumescentes. Su chaqueta de cuero olía a piel curtida” (p. 24). Cuando el padre desaparece de la escena, y el pequeño Ravines con sus cuatro hermanos y su madre van a rezar por el viajero, se repiten los mismos motivos: “En la calzada de piedras muy burdas, muy cerca de la puerta, quedaba un montón de estiércol de la mula. Volví a encontrarme con aquellos ojos verdes, enormes, fascinantes, y al ingresar a la habitación de la despedida me sobrecogió la olfacción de la piel curtida.” (p. 26). De este modo, este clima premonitorio da a la figura del padre un carácter inasible y a la vez opresivo, ya que su partida se relata desde una soledad abrumadora y desde la total desesperanza. Y a la vez debemos apuntar que el abundar en el presentimiento de la orfandad, ya anunciado al inicio de este acápite al hablar de la tierra como “una mortaja de cuero mojado”, y la reiteración de ciertas sensaciones y objetos en el texto que permiten construir estéticamente la experiencia de esta pérdida, suponen una demora que políticamente puede resultar superflua.
IX
La ausencia del padre sume a la madre y los cuatro hermanos en la miseria. La madre se gana la vida planchando ayudada por el pequeño Eudocio. Es una actividad agotadora que realizan con desesperación
y amargura. El trabajo físico es una auténtica maldición, el cuerpo trabajador se descompone, se disloca y la tarea del planchado que realiza
su madre evoca en la memoria de Ravines una desfiguración cubista: “Horas después miraba a aquella mujer que parecía el cansancio resignado... a veces juntaba una mano sobre la otra para dar mayor presión,
y los brazos se ponían tensos. Ante mis ojos sobresalía uno de sus hombros; puntiagudo, anguloso, deforme. El brazo tenso...” (p. 29). La interrupción de la faena recompone la lacerante expresividad geométrica de la figura materna: “A veces ella se detenía, colocaba la plancha sobre un ladrillo, aspiraba con fuerza, sonreía y se secaba el sudor.... Y ante mis ojos se difuminaba como en una pesadilla, aquel hombro en triángulo que se alzaba agudamente por sobre todo el cuerpo, como un puntiagudo montículo de carne destrozada, macerada, exangüe, que se estaba ofreciendo en silencioso sacrificio al Señor” (p. 30). Estas descripciones, pese a su carga emocional, suponen una cierta distancia.
La atmósfera de sacrificio y martirio envuelve el hogar no sólo en términos físicos, sino también mentales, pues la madre se ha apoderado completamente de la lectura, ahora el pequeño Ravines está obligado a leer sólo libros religiosos: la Ciudad de Dios, la Suma teológica, además de textos de los profetas y la Biblia traídos de la biblioteca del Coronel. Como resultado su mente era un “hervidero teológico”:
“Cuando las planchas estaban calientes, me hacía leer la hagiografía del santo del día...en unos libros impresos en tipo menudo y de estilo monótono y afectadamente devoto... El enfriamiento de las planchas proporcionaba un momentáneo descanso y me permitía suspender la lectura, a veces en el episodio en que el mártir iba a beber plomo hirviendo, o en el que pedía le diesen vuelta en la parrilla donde se tostaba, o en el que la santa iba a ser trozada en dos por una sierra.” (p. 30)
X
Esta etapa de estragada religiosidad llega a su fin cuando su madre recibe un nombramiento de maestra para el pueblo de Matara (actual capital de distrito, al sureste de Cajamarca), que le proporciona el Coronel, tío paterno de Ravines. Matara –dice Ravines– es un pueblo mestizo de arrendatarios sometidos a la gran propiedad, cuyo único horizonte de mejora es migrar a la costa a ganar un jornal. Haciéndose eco de las palabras que escuchara a sus parientes por línea paterna, dice también que los patrones eran atrasados e inútiles.
En teoría, la profesora era la madre de Ravines, pero quien enseña realmente es el pequeño Eudocio que con apenas diez años se convierte en el encargado de impartir las lecciones de ciencias y letras preparándolas con los libros que han traído en el equipaje. En la remota aldea nadie parece haber considerado esto una irregularidad, lo ampara el concepto patrimonial de cargo público prevaleciente por largo tiempo en el país, parte del mismo atraso tan criticado por el propio Ravines. Debe enseñar a niñas y jóvenes de seis a veinte años:
“Aprendí así, solo, a explicar las fases de la luna, el proceso de las estaciones, los secretos de la división de los números enteros y de
la decimalización de los quebrados; penetré de asombro en asombro,
en un verdadero país de las maravillas. Y poco tiempo después la escuela funcionaba con gran progreso de las chicas, sin que fuese obs¬táculo que las alumnas me llevasen muchos años en edad.” (p. 37)
Es pues una etapa de afirmación personal sui generis y Ravines corrobora que el traslado con su familia a Matará significó un cambio importante en su vida:
“Fue así que mi ingreso en aquel pueblecillo luminoso y rural,
constituyó en realidad mi ingreso al mundo, mi paso colectivo con la vida; en su ambiente salí del estrecho contorno familiar y empecé a aprender, a conocer y a entrar a la vida de las gentes” (p. 36)
Sin embargo, cuando leemos el relato de este “paso colectivo” observamos que no aparece en él ningún momento de felicidad compartida. Ravines se retrata como un espectador de las actividades de los pueblerinos. Incluso la ocasión más festiva, la fiesta anual del patrono San Lorenzo, la describe de un modo distante y convencional, como si la anacrónica autoridad de profesor de la que se hallaba investido por sus curiosas circunstancias hubiera dificultado la posibilidad de sumarse a la alegría colectiva. No sabemos si participó en la fiesta, si se involucró en ella, pues no se aprecia la implicación emotiva que observamos en
sus visiones crepusculares de Piérola o en las que rodean la partida de su padre. Al comentar la alegría de sus estudiantes con las fiestas dice: “La tierra era como una piedra inmaculada sobre la cual danzaba, ebria de dicha, la fantasía de una cincuentena de almas que se abrían a la vida”, pero la promesa de esta felicidad no parece haber penetrado profundamente en él o en todo caso puede haber quedado truncada con la noticia de la muerte del padre en la selva que ahonda esta enajenación:
“Y comencé a encarar la vida como un enemigo... No se trataba de disfrutar ni de pasar: se trataba de luchar... Y sin que mis diez años se diesen cuenta de ello, sin que lo presintiese siquiera, sobre mi vida tronaba lo esencial de Darwin y lo vital de Nietzsche.” (p. 41)
En suma, para Ravines la fatalidad de su orfandad impone la necesidad de una extrema competitividad para sobrevivir que lo lleva a Darwin y el imperativo de confiar sólo en sí mismo que lleva a Nietzsche. Es muy posible que Ravines considerara su impulso autobiográfico análogo al del filósofo alemán30 . Nietzsche opuso el orgullo aristocrático al hábito burgués de la modestia y esta actitud puede haber resultado atractiva para algunos hombres jóvenes de origen patricio o semi patricio marginados del acceso al poder y la riqueza en sociedades arcaicas súbitamente acosadas por las fuerzas de la modernización, como era el caso de Ravines. Pero es probable que como tantos otros, también viera en Nietzsche ante todo una fuente de aforismos impactantes y prestara poca atención a su crítica de la modernidad y de la noción de progreso.
X
La colectividad imposible es el hallazgo que cierra la primera infancia de Ravines. El choque con la estructura de la gran propiedad cumple en ello un papel crucial. Para completar los ingresos del sueldo de maestra en Matara, la madre de Ravines cría ovejas. En uno de los habituales rodeos del hacendado del lugar las ovejas le fueron expropiadas. La madre envió al pequeño Eudocio –que ya quizá tenía once o doce años– a recuperarlas. Acompañado por el padre de una estudiante, don Venancio, un campesino no tanto pobre como ignorante y escéptico, que también ha perdido unas cuantas ovejas, Ravines se encamina a
la hacienda. Durante el trayecto, don Venancio le hace saber que consi¬deraba la educación prácticamente inútil, lo cual suscita el disgusto de Ravines. Una vez en la hacienda, la madre del hacendado, enterada de que Ravines sabe de memoria episodios de la Biblia y textos devotos, le pide que los recite y después, conmovida, le ofrece leche y pan. El hacendado conversa con él y averigua que es sobrino del Coronel Ravines.
Ello allana el camino para que recupere las ovejas, de lo cual también se beneficia don Venancio que puede recuperar las suyas.
Durante el camino de regreso la conversación con don Venancio hace patente el abismo de percepciones que distancia a Ravines de su entorno. Las ovejas han sido recobradas, pero previamente han sido trasquiladas. Don Venancio le explica al niño Ravines que se trata de una práctica común de los hacendados. El agravio compartido no se convierte en un motivo solidaridad, pues cuando Ravines replica que debían ir a quejarse a la justicia, el campesino hace ostentación de su propia sabiduría: “¡Justicia! ¡No muchacho cállate! Lo único que los pobres queremos, después de nuestra mama, es no andar metidos en justicias ... Los jueces y las autoridades serán muy buenos caballeros, yo no digo nada pa’ qué... pero no hay peor cosa que la justicia... y más peor todavía andar en justicias. ¡Ya serás mayor... ya aprenderás! ¿No ves que estas no son cosas de la escuela”. La actitud de don Venancio suscita revulsión en Ravines: “Me disgustaba su socarronería taimada; palpaba que este hombre había perdido toda capacidad de indignarse y que en
su espíritu estaba abolida toda insurgencia, toda idea de protesta o de cólera”. Y este sentimiento de rechazo se mantuvo sin atenuantes; aunque no explícitamente, quizá pueda leerse en su perduración un resabio de la actitud nietzscheana que rechaza la “moral del esclavo”. En todo caso, idealmente Ravines llegó en este punto de su vida a pensar en rebelarse y cuestionar el dominio del latifundista, pero en ese pen¬samiento se afirma sobre todo su individualidad. De modo que esta
experiencia apunta nuevamente a una imposibilidad de encontrar un ámbito común con los que lo rodean, incluso aunque circunstancialmente fueran compañeros de agravios.
Al llegar a casa, Ravines encuentra de nuevo el conformismo de su madre, quien ante el relato de los abusos del hacendado exalta la voluntad de Dios. El niño opta por el silencio: “yo pensaba que mi padre tenía mayor cantidad y calidad de razón: todo aquello tenía necesidad de un cambio” (p. 50). La duda lo acosa y cuestiona sus parámetros religiosos: “¿Dónde está el Señor...? ¿Qué se han hecho sus Profetas?”. La experiencia de viaje a la hacienda hace que Ravines deje de acatar
la visión materna del mundo. Podemos decir que a partir de ahí la
me¬moria de Ravines sobre su niñez se centra fundamentalmente en racionalizar su militancia y su posterior desencanto. Este tránsito se vuelve definitivo cuando ingresa al Colegio San Ramón, gracias a la influencia de un tío materno. A la cultura libresca religiosa fomentada por su madre puede oponer la cultura libresca laica: “Después de Renán, llegó Federico Nietzsche. Su prosa abstrusa y lancinante, sus frases buriladas y terribles, su filosofía agresiva y orgullosa, entraron en mi espíritu como elefante en bazar de porcelanas. Renán y Nietzsche, junto con dos o tres profesores de San Ramón, terminaron con la obra per¬tinaz y laboriosa de mi madre” (p. 58).
XI
La ausencia de una colectividad estéticamente comprendida resulta notable en los recuerdos de una persona que dedicó buena parte de su vida a forjar precisamente una alternativa colectivista frente al orden burgués. Antes bien, Ravines enfatiza los elementos de confrontación negativa entre el individuo y el medio. La vida es un “enemigo” afirma al evocar la noticia de la muerte de su padre. Ya antes la sombra de Nietzsche se había proyectado (quizá retrospectivamente) hasta el momento en que según el saber tradicional un niño adquiere “uso de razón” (los siete años). La memoria textual de Ravines no evoca ninguna visión de armonía compartida ni siquiera imaginativamente como parte de sus vivencias infantiles. Esto no quiere decir que no existieran en su infancia, lo interesante es que en su autobiografía no las recogió. Puede suponerse que la propia opción inicial de Ravines, es decir,
su fervorosa adhesión al comunismo, se fundara en una percepción
hondamente negativa de las instancias colectivas más allá de la familia, es decir, la vida local urbana o rural (probablemente justificada dadas las opresivas condiciones impuestas por la gran propiedad). Sin embargo, la precisa circunstancia de que La gran estafa sea una obra programada para convencer al público de la no validez de una alternativa (de cualquier tipo) frente al capitalismo indudablemente era congruente con la imagen nietzscheana-darwiniana de una predestinación vital que negaba toda huella de vivencias colectivas satisfactorias y que permitieran asomarse aunque fuera efímeramente al potencial del universo popular. En esto contrasta con las memorias de otros militantes más o menos contemporáneos.. Por ejemplo, Julio Portocarrero al evocar el callejón donde transcurrió su niñez y juventud, recuerda la capacidad de los residentes e incluso del dueño para solucionar sus problemas colectivos. Es posible que se trate de una idealización, pero lo interesante es que en su narración la vida de esta colectividad, pese a todas sus difi¬cultades, contiene un potencial alternativo que para Portocarrero es valioso31 .
El “combate imposible contra los fantasmas de su juventud” que Ravines emprendió al escribir su biografía fue una cruzada no
meramente librada en la interioridad de su individualidad, sino que puede considerarse como una de las campañas que la guerra fría libró
en América Latina. Con esto llegamos otra vez al siempre alarmante hallazgo de que como en otros momentos históricos los entes de vigilancia política buscan modelar el recuerdo, la percepción de la memoria como parte esencial de su modelo de dominación total. Por tanto, el testimonio político exige una hermenéutica peculiar que dé cuenta de las paradojas y aporías en que se encuentra inscrito, y que no se limite a la noción de autenticidad. La adicción a modelar el recuerdo según los grandes paradigmas a que circunstancialmente las personas puedan adherirse es un problema cada vez más importante en la ciencia histórica. En el fragor de la lucha política del siglo XX peruano, Ravines se convirtió en la encarnación del traidor, aquí hemos preferido utilizar la palabra más precisa de tránsfuga. Esa condición no se limitó a un simple cambio de camisa, sino que lo implicó de manera total. Al sumarse
al bando anticomunista no le fue posible rescatar nada de su pasado
de militante comunista, tampoco hubo ninguna experiencia colectiva de su niñez que mereciera ser recobrada para el proyecto burgués que había adoptado. Sólo le fue posible destacar situaciones presentadas como desafíos que superaba por la fuerza de su individualidad y talento personal, dándoles así un barniz nietzscheano, a la vez que contradictoriamente avalaba su postura con los grandes nombres de la democracia y el progreso.
Notas
1 Alberto Flores Galindo, “Eudocio Ravines o el militante”, Tiempo de plagas (Lima: Ediciones El Caballo Rojo, 1987), pp. 107-122
2 Geoffrey Parker, The idea of the middle class: White-Collar Workers and Peruvian Society,
1900-1950 (University Park, Pa.: Pennsylvania University Press, 1998) pp. 91-95. Parker considera que en esa frustración se origina el rechazo maniático de Ravines a la “pequeña burguesía”.
3 En octubre de 1934 se habría realizado una Conferencia de Partidos Comunistas en Montevideo, pero se cree que esta se realizó realmente en Moscú y que Ravines se refiere a ella al mencionar las "conferencias secretas" (Manuel Caballero, La Internacional Comunista y la revolución latinoamericana [Caracas: Editorial Nueva Sociedad, 1987], p. 99).
4 La gran estafa (México, 1952), p. 277.
5 Este diario se publicó en Valencia desde 21 de enero de 1937 hasta 20 de noviembre de 1937, fecha en que se trasladó a Barcelona (Albert Girona Albuixech, "Premsa i propaganda a València (1936-1939)", Valencia, capital de la república (Valencia: Ayuntamiento de Valencia, 1986), pp. 57-61.
6 Pierre Broué, Histoire de l’Internationale Communiste, 1919-1943 (París: Fayard, 1997),
p. 1042. Agradezco al profesor Pelai Pagés sus valiosas orientaciones sobre el intrincado panorama de la Comintern en España.
7 Hasta el punto que en Wendell Minnick en Spies and Provocateurs: A Worldwide Encyclopedia of Persons Conducting Espionage and Covert Action, 1946-1991 (Jefferson, N.C. McFarland and Co. Inc. Publishers, 1992), p. 26, se le llama “intelectual chileno ex marxista” (aunque probablemente dada la nacionalidad chilena de su esposa, también tuviera Ravines esa nacionalidad). Ravines es el único peruano que figura en el Biographical Dictionary of the Comintern, edición corregida y aumentada por Branko Lezitch con la colaboración de Milorad M. Drachkovitch (Stanford, California: The Hoover Institution Press, Stanford University, 1986), p. 388. En el índice de Broué, sin embargo, también se incluye a Julio Portocarrero (Broue, Histoire, p. 1067).
8 Alberto Flores Galindo, “Eudocio Ravines o el militante”, p. 106. Tiempo de plagas, Lima: Ediciones El Caballo Rojo, 1987, pp. 107-122.
9 Frances Stonor Saunders, La guerra fría cultural y la CIA (Madrid: Debate, 2001) originalmente publicado en el Reino Unido con el título Who paid the Piper? [Granta Publications, 1999]); Leslie Bethell y Ian Roxborough, “The impact of the Cold War on Latin American”, en Origins of the Cold War. An International History, Melvyn P. Leffler y David S. Painter, comps. (Londres, Nueva York: Routledge, 1994), pp. 293-322.
10 Presidió una misión del Banco de Reconstrucción y Fomento en Cuba en 1950 que propuso el denominado Plan Truslow para alentar la inversión extranjera, principalmente de Estados Unidos.
11 Hoja titulada “Confidential”, Papeles de J. G. Hopkins, caja 1, carpeta 108, preservados en la sección de libros raros y manuscritos de la Biblioteca Lauinger de la Universidad de Georgetown, Washington, Estados Unidos. De aquí en adelante citaremos esta colección con el nombre de Papeles. Todos los textos citados son mecanografiados, excepto cuando se especifica otra cosa.
12 Carta de J. G. E. Hopkins a Francis Adams Truslow, Nueva York, 15 de enero de 1951 (Papeles, caja 1, carpeta 108).
13 Saunders, La guerra fría cultural y la CIA, p. 343. La noticia sobre la redacción de La gran estafa de la enciclopedia de Wendell Minnick, es un poco confusa porque sugiere que Ravines habría escrito la versión castellana con ayuda de Buckley, que tenía un buen conocimiento del castellano, el cual podría incluir la habilidad para escribirlo, pues estudió en México, donde su familia tenía inversiones en el sector petrolero (Chris Weinkopf, “Buckley off the firing line”, en Frontpagemagazine.com, setiembre, 1999), pero no es creíble que dado el amplio oficio periodístico de Ravines, se hiciera cargo de la redacción en castellano de la obra de este. Además en las cartas del editor J.G. Hopkins, se habla claramente de problemas de traducción del castellano al inglés.
14 Existe una Suzannah Vaillant, arqueóloga, esposa del arqueólogo George C. Vaillant, especialista en ls civilización azteca. Podría tratarse de ella, pues existe una carta de J. G. E. Hopkins se dirigió a Sue Vaillant bajo el nombre de su esposo “Mrs. G. C. Vaillant” en Littleton, New Hampshire (carta de J.G.E. Hopkins a Mrs. G. C. Vaillant, Nueva York, 28 de mayo de 1951, Papeles, caja 2, carpeta 20). En esta carta se dice que el título de la obra debe ser The Yenan Way, escogido frente a otras opciones tan pintorescas como “Llama meets Bear” o “Inca and Komintern” (carta de Sue Vaillant a J. G. E. Hopkins, sin fecha, Papeles, caja 1, carpeta 109). Otra posibilidad es que Sue Vaillant fuera un pseudónimo utilizado por Buckley.
15 Norman Thomas, según escribe J. G. E. Hopkins, se entusiasmó con el libro (leyó la traducción inglesa) después de leer el texto en pruebas de galera, pero deseaba saber más del autor (carta de J.G.E. Hopkins a Mrs. [Sue] G. C. Vaillant, Nueva York, 8 de junio de 1951, Papeles, caja 2, carpeta 20). No es claro si finalmente escribió dicho prólogo, aunque en una carta sin fecha de Vaillant ella dice que “Chico” (Ravines) desea que sea ella quien lo traduzca, después de que él lo haya corregido (carta de Sue Vaillant a J. G. E. Hopkins,sin fecha, con membrete de Stronghold, Littleton, N H., Papeles, caja 2, carpeta 20). Es posible que esta condición no fuera aceptada por N. Thomas, si es que escribió efectivamente el prólogo.
16 Carta de Sue Vaillant a J. G. Hopkins, [México?] 23 de mayo de [1951?], Papeles, caja 1, carpeta 109. En la postdata, Vaillant anotó a mano: “Dígale a N[orman] T[homas] que yo voté por él en el 48".
17 En efecto, Ravines incluyó unos párrafos sobre este tema en la versión inglesa (The Way to Yenan, p. 306-307).
18 Carta de John E. Reinecke a Charles Scribner’s Sons, Honolulu, 8 de junio de 1952. Papeles, caja 2, carpeta 21.
19 Organismo de investigación de la política nacional e internacional, vinculado a la Universidad de Stanford, fundado en 1919. Sus fines son defender la propiedad privada y
el estilo de vida estadounidense [“American way of life”], así como promover el gobierno representativo y limitar la intervención gubernamental en la vida de los individuos. Véase su página web: www-hoover.stanford.edu
20 Carta de Robert C. North a John E. Reinecke, Stanford, 20 de agosto de 1952. Papeles, caja 2, carpeta 21.
21 Carta de J. G. E. Hopkins a Robert C. North, [Nueva York], 28 de agosto de 1952. Papeles, caja 2, carpeta 21.
22 Un informe de un lector anónimo para la editorial señala sobre esta parte de la obra: “Bien para una novela histórica larga tal como Anthony Adverse [novela del escritor Hervey Allen, ambientada en la época napoleónica, publicada en 1933] ¿es necesaria para un libro de este tipo?... el escritor era muy niño en ese momento para recordar estas conversaciones; por consiguiente el lector podría tener la sensación de que son más bien artificiales que autobiográficas...” (Papeles, caja 2, carpeta 20) Trad. M. Ch.
23 Carmen Diana Deere, Familia y relaciones de clase. El campesinado y los terratenientes en la sierra norte del Perú, 1900-1980 (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1992), pp. 41-79; véase igualmente Cambios capitalistas en las haciendas cajamarquinas, 1900-1935 (Cambridge: Centre of Latin American Studies, 1983).
24 Jorge Basadre, Elecciones y centralismo en el Perú (Apuntes para un esquema histórico) (Lima: Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, 1980), p. 56.
25 Algunos mencionados en Deere, Familias y relaciones de clase, pp. 50-56.
26 En la versión inglesa menciona los nombres de sus hermanos: José Manuel, Leonor y Ana María (The Yenan Way, p. 6).
27 “Mi madre provenía de una vieja familia civilista, que había lamentado mucho su matrimonio con mi padre, cuya familia era demócrata, un hombre...que por cierto había luchado con Piérola en 1895 en que derrotó a Cáceres.” (trad. M. Ch.).
28 Al referirse a sus años en el Colegio San Ramón, cuyo rector era hermano mayor de su madre, Ravines dice que pasó cuatro años segregado de la familia paterna. Sólo pudo volverlos a ver cuando “el azar político” hizo que el Coronel Belisario Ravines, su tío paterno, fue nombrado prefecto de la provincia y el rector salió de la ciudad (La gran estafa, p. 57).
29 Jorge Basadre, Historia de la República del Perú, 1822-1933, 16 tomos (8ª ed. corregida y aumentada; Lima: La República, Universidad Ricardo Palma, 1999), tomo 9, p. 2237.
30 Enrique López Castellón, “La autobiografía como nueva forma de filosofar”, en Friedrich Nietzsche, Ecce Homo. Cómo se llega a ser lo que se es, Madrid: M.E. Editores, 1993, pp. 5-31.
31 Julio Portocarrero, Sindicalismo peruano. Primera etapa. 1911-1930 (Lima: Editorial Gráfica Labor. 1ª ed. Agosto, 1987); recopilación, investigación documental y cuidado de la edición de Rafael Rojas. Trabajo fotográfico Jervacio Thissen.
homenaje a la esposa del poeta Cesar Vallejo Mendoza, además se ofrece temas de arte peruano e internacional, entrevistas exposiciones.
lunes, 8 de diciembre de 2008
jueves, 4 de diciembre de 2008
Georgette Vallejo
Por: Domingo Varas
La reivindicación de la viuda negra
Alberto Aznarán descubrió primero a Vallejo en la escuela secundaria, cuando recitaba sus poemas y los de Chocano y Valdelomar en las veladas estudiantiles. Este incipiente entusiasmo, sin embargo, fue opacado por la pasión política. Hombre de extremos, cuando se decepcionó de la política en los años 80, volvió los ojos a esa temprana vocación por Vallejo. Pero, desanimado por la montaña de críticas y estudios realizados en torno al autor de Trilce, y después de una fallida romería al cementerio Presbítero Maestro en pos de la tumba de Georgette, la viuda de César Vallejo, se prendó de la figura y obra de este polémico y enigmático personaje. Vallejiano hasta el tuétano, rinde homenaje a Georgette porque cree que ella es la fundadora del vallejismo. Actualmente, prepara la primera biografía documentada de Georgette Marie Travers Philippart, a la que ha se ha dedicado con desvelo en los últimos años y que publicará el próximo año para celebrar el centenario de su natalicio. En esa biografía- asegura- hará justicia a una viuda literaria que fue duramente vejada por tirios y troyanos. Georgette murió a los 76 años en Lima tras sostener una dura batalla contra críticos, editores, traductores y todo aquel que osare profanar la memoria y obra de César Vallejo.
Aznarán vive en París desde 1973 y desde la Ciudad Luz edita actualmente un boletín que se llama Enereida y dirige la filial del Instituto de Estudios Vallejianos en esa ciudad.
En los últimos años, sabemos que estás empeñado en reivindicar la memoria de Georgette Vallejo, ¿cómo así nació este interés, ese llamado por reivindicar a la viuda del autor de “Trilce”?
Bueno, en los años 60 y 70, siempre leía noticias sobre ella, sobre su lucha por defender los derechos de autor de Vallejo, sus peleas con editores y otras personas que publicaba la obra del poeta sin su autorización y consentimiento. Sin embargo, si tuviera que señalar una fecha a partir de la cual me dediqué a conocer y estudiar la vida de Georgette sería el 4 de diciembre de 1984, fecha en que ella muere. Pocos días después fuimos a visitar su tumba y, al no poder encontrarla, a pesar de que nos dirigimos a averiguar al Consulado de Francia en Lima, surgió el interés por este personaje que se convirtió en una suerte de enigma. Tuvieron que pasar unos años para enterarnos que yacía enterrada en La Planicie.
Hay una suerte de leyenda negra que rodea la figura de Georgette, uno de los que contribuyó a ello fue Neruda quien en sus memorias la describe como una tirana, una mujer de mal carácter. ¿Qué nos puedes decir sobre esto, de acuerdo a tus investigaciones cuál es el verdadero perfil de Georgette?
En su libro Confieso que he vivido, en efecto, Neruda presenta a Geogette como una tirana malgeniada, hija de una conserje, o sea de una guardiana de edificio, lo cual está muy lejos de la verdad porque ella fue hija de una costurera. Neruda también refiere que vallejo a solas era una persona alegre, extrovertida, pero cuando estaba presente su mujer cambiaba completamente y se le veía apesadumbrado, incluso mahumorado. La tirria de Neruda llega al extremo de afirmar que, en el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas en defensa de la cultura realizado en plena guerra civil española, Georgette le caía antipática a todos los escritores asistentes a este evento. Sin embargo, Octavio Paz afirmó en alguna ocasión que Georgette era la persona más hermosa que había en ese congreso. En todo caso, las referencias de Neruda me parecen ligeras, puesto que el poeta chileno no fue íntimo amigo de los Vallejo, solo se conocieron de manera ocasional.
¿Cuál es entonces el real papel que cumplió Georgette en la vida y la obra de Vallejo?
No voy a explayarme sobre esto, porque estoy preparando una biografía integral de César y Georgette Vallejo. En este libro demostraré cómo la labor y la persistencia de Georgette para difundir la vida y obra del poeta han permitido crear las bases de preservación y reconocimiento de la estatura universal e inmortal de César Vallejo. Creo que nadie más que ella lo conoció en todos los aspectos, vivieron 9 años juntos y tras su muerte quedó viuda a la edad de treinta años. Lo que más me cautiva de su figura es que, pese a su juventud y hermosura, no optara por una vida fácil y cómoda y que se dedicará exclusivamente durante 46 años a la difusión y respeto de la vida y obra de nuestro vate universal.
Y si esta figura está nimbada de ese halo romántico y heroico, ¿por qué resulto ser una viuda literaria tan denostada, tan vilipendiada, tan vapuleada por la crítica y algunos amigos de Vallejo?
Hay varias razones, pero una de las principales podría ser el desdén de los críticos y algunos amigos de Vallejo que no la consideraban con la suficiente preparación, méritos ni experiencia para hacerse cargo de la inmensa obra del poeta. Basta recordar que Vallejo la conoció cuando ella tenía 16 años y cursaba sus estudios secundarios que finalmente no concluyó. No obstante estas limitaciones académicas, Georgette se atrevió a pasar en limpio los manuscritos, cuidar y preservar los originales y editar la obra poética, incluso acompañada de comentarios suyos que no agradaron a muchos exegetas y doctos en la vida y obra de Vallejo.
Las últimas críticas o libros que han sido publicados sobre Vallejo como el de Stephen Hart la acusan de haber manipulado los escritos póstumos e incluso de haber desaparecido los manuscritos autógrafos. ¿Por qué crees que fue tan celosa con la obra, no es acaso por ese recelo que nacieron los malentendidos con los vallejianos?
Gonzalo More escribe que tras el entierro del poeta se reunieron con Georgette en el barrio de Montaparnasse para discutir qué hacer con las obras póstumas y él relata que después de esa primera reunión no hubo otras, porque el grupo de amigos y la viuda del poeta llegaron a tal punto de desacuerdo que ya no era posible volver a reunirse. De manera que por un lado se quedaron los amigos de Vallejo encabezados por Gonzalo More y Juan Larrea y por el otro lado estaban Georgette con Porras Barrenechea liderando un grupo de personas que querían difundir la obra póstuma del poeta. Es desde ahí que empieza esa leyenda negra a la que hacías referencia, donde todo lo que pudo haber hecho Georgette era negativo, era malo.
Ella aportó mucho, por cierto, con su vitriólico carácter a alimentar esta leyenda negra
Sí, claro. Ella tenía un carácter muy apasionado y temperamental. Si al celo por la difusión de la obra poética más fidedigna, se le añade su talante nervioso, pues tomaba mucho café, no se alimentaba muy bien y además vivía sola, resultan comprensibles todos los anticuerpos creados en torno a su figura. Pero haciendo un balance de su vida lo positivo pesaría mucho más que las cosas negativas, lo que sí se puede demostrar es que no tuvo mala intención. Ella se abocó a dos objetivos: difundir el conocimiento real de la vida y obra de Vallejo y cumplir con la voluntad del poeta que era descansar en el cementerio de Montparnasse. Esto último lo logró tras cuarentitantos años de sacrificios y privaciones, desde el año 1970 los restos del poeta yacen en el cementerio de Montparnasse.
Georgette también escribió versos, ¿qué nos puedes decir de esta faceta poco conocida de ella?
Lo más sorprendente del enigma Georgette es que después de la muerte de César ella se puso a escribir poemas. Creo que no existe caso similar en la historia literaria moderna, quizá el de Sartre y Simone de Beauvoir, pareja de escritores que sin embargo no mantuvo la fidelidad del amor hasta el fin, contra toda prueba. He difundido la poesía de Georgette en algunos círculos literarios en Francia y he recibido comentarios elogiosos y críticas que resaltan su alto nivel literario. Ella escribió casi 200 poemas entre París y Lima y los agrupó bajo el título de Máscaras de cal; los escribió en francés y después algunos los tradujo. Hay una edición del Instituto de Estudios Vallejianos de Trujllo que tiene muchos errores de imprenta y de traducción.
La reivindicación de la viuda negra
Alberto Aznarán descubrió primero a Vallejo en la escuela secundaria, cuando recitaba sus poemas y los de Chocano y Valdelomar en las veladas estudiantiles. Este incipiente entusiasmo, sin embargo, fue opacado por la pasión política. Hombre de extremos, cuando se decepcionó de la política en los años 80, volvió los ojos a esa temprana vocación por Vallejo. Pero, desanimado por la montaña de críticas y estudios realizados en torno al autor de Trilce, y después de una fallida romería al cementerio Presbítero Maestro en pos de la tumba de Georgette, la viuda de César Vallejo, se prendó de la figura y obra de este polémico y enigmático personaje. Vallejiano hasta el tuétano, rinde homenaje a Georgette porque cree que ella es la fundadora del vallejismo. Actualmente, prepara la primera biografía documentada de Georgette Marie Travers Philippart, a la que ha se ha dedicado con desvelo en los últimos años y que publicará el próximo año para celebrar el centenario de su natalicio. En esa biografía- asegura- hará justicia a una viuda literaria que fue duramente vejada por tirios y troyanos. Georgette murió a los 76 años en Lima tras sostener una dura batalla contra críticos, editores, traductores y todo aquel que osare profanar la memoria y obra de César Vallejo.
Aznarán vive en París desde 1973 y desde la Ciudad Luz edita actualmente un boletín que se llama Enereida y dirige la filial del Instituto de Estudios Vallejianos en esa ciudad.
En los últimos años, sabemos que estás empeñado en reivindicar la memoria de Georgette Vallejo, ¿cómo así nació este interés, ese llamado por reivindicar a la viuda del autor de “Trilce”?
Bueno, en los años 60 y 70, siempre leía noticias sobre ella, sobre su lucha por defender los derechos de autor de Vallejo, sus peleas con editores y otras personas que publicaba la obra del poeta sin su autorización y consentimiento. Sin embargo, si tuviera que señalar una fecha a partir de la cual me dediqué a conocer y estudiar la vida de Georgette sería el 4 de diciembre de 1984, fecha en que ella muere. Pocos días después fuimos a visitar su tumba y, al no poder encontrarla, a pesar de que nos dirigimos a averiguar al Consulado de Francia en Lima, surgió el interés por este personaje que se convirtió en una suerte de enigma. Tuvieron que pasar unos años para enterarnos que yacía enterrada en La Planicie.
Hay una suerte de leyenda negra que rodea la figura de Georgette, uno de los que contribuyó a ello fue Neruda quien en sus memorias la describe como una tirana, una mujer de mal carácter. ¿Qué nos puedes decir sobre esto, de acuerdo a tus investigaciones cuál es el verdadero perfil de Georgette?
En su libro Confieso que he vivido, en efecto, Neruda presenta a Geogette como una tirana malgeniada, hija de una conserje, o sea de una guardiana de edificio, lo cual está muy lejos de la verdad porque ella fue hija de una costurera. Neruda también refiere que vallejo a solas era una persona alegre, extrovertida, pero cuando estaba presente su mujer cambiaba completamente y se le veía apesadumbrado, incluso mahumorado. La tirria de Neruda llega al extremo de afirmar que, en el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas en defensa de la cultura realizado en plena guerra civil española, Georgette le caía antipática a todos los escritores asistentes a este evento. Sin embargo, Octavio Paz afirmó en alguna ocasión que Georgette era la persona más hermosa que había en ese congreso. En todo caso, las referencias de Neruda me parecen ligeras, puesto que el poeta chileno no fue íntimo amigo de los Vallejo, solo se conocieron de manera ocasional.
¿Cuál es entonces el real papel que cumplió Georgette en la vida y la obra de Vallejo?
No voy a explayarme sobre esto, porque estoy preparando una biografía integral de César y Georgette Vallejo. En este libro demostraré cómo la labor y la persistencia de Georgette para difundir la vida y obra del poeta han permitido crear las bases de preservación y reconocimiento de la estatura universal e inmortal de César Vallejo. Creo que nadie más que ella lo conoció en todos los aspectos, vivieron 9 años juntos y tras su muerte quedó viuda a la edad de treinta años. Lo que más me cautiva de su figura es que, pese a su juventud y hermosura, no optara por una vida fácil y cómoda y que se dedicará exclusivamente durante 46 años a la difusión y respeto de la vida y obra de nuestro vate universal.
Y si esta figura está nimbada de ese halo romántico y heroico, ¿por qué resulto ser una viuda literaria tan denostada, tan vilipendiada, tan vapuleada por la crítica y algunos amigos de Vallejo?
Hay varias razones, pero una de las principales podría ser el desdén de los críticos y algunos amigos de Vallejo que no la consideraban con la suficiente preparación, méritos ni experiencia para hacerse cargo de la inmensa obra del poeta. Basta recordar que Vallejo la conoció cuando ella tenía 16 años y cursaba sus estudios secundarios que finalmente no concluyó. No obstante estas limitaciones académicas, Georgette se atrevió a pasar en limpio los manuscritos, cuidar y preservar los originales y editar la obra poética, incluso acompañada de comentarios suyos que no agradaron a muchos exegetas y doctos en la vida y obra de Vallejo.
Las últimas críticas o libros que han sido publicados sobre Vallejo como el de Stephen Hart la acusan de haber manipulado los escritos póstumos e incluso de haber desaparecido los manuscritos autógrafos. ¿Por qué crees que fue tan celosa con la obra, no es acaso por ese recelo que nacieron los malentendidos con los vallejianos?
Gonzalo More escribe que tras el entierro del poeta se reunieron con Georgette en el barrio de Montaparnasse para discutir qué hacer con las obras póstumas y él relata que después de esa primera reunión no hubo otras, porque el grupo de amigos y la viuda del poeta llegaron a tal punto de desacuerdo que ya no era posible volver a reunirse. De manera que por un lado se quedaron los amigos de Vallejo encabezados por Gonzalo More y Juan Larrea y por el otro lado estaban Georgette con Porras Barrenechea liderando un grupo de personas que querían difundir la obra póstuma del poeta. Es desde ahí que empieza esa leyenda negra a la que hacías referencia, donde todo lo que pudo haber hecho Georgette era negativo, era malo.
Ella aportó mucho, por cierto, con su vitriólico carácter a alimentar esta leyenda negra
Sí, claro. Ella tenía un carácter muy apasionado y temperamental. Si al celo por la difusión de la obra poética más fidedigna, se le añade su talante nervioso, pues tomaba mucho café, no se alimentaba muy bien y además vivía sola, resultan comprensibles todos los anticuerpos creados en torno a su figura. Pero haciendo un balance de su vida lo positivo pesaría mucho más que las cosas negativas, lo que sí se puede demostrar es que no tuvo mala intención. Ella se abocó a dos objetivos: difundir el conocimiento real de la vida y obra de Vallejo y cumplir con la voluntad del poeta que era descansar en el cementerio de Montparnasse. Esto último lo logró tras cuarentitantos años de sacrificios y privaciones, desde el año 1970 los restos del poeta yacen en el cementerio de Montparnasse.
Georgette también escribió versos, ¿qué nos puedes decir de esta faceta poco conocida de ella?
Lo más sorprendente del enigma Georgette es que después de la muerte de César ella se puso a escribir poemas. Creo que no existe caso similar en la historia literaria moderna, quizá el de Sartre y Simone de Beauvoir, pareja de escritores que sin embargo no mantuvo la fidelidad del amor hasta el fin, contra toda prueba. He difundido la poesía de Georgette en algunos círculos literarios en Francia y he recibido comentarios elogiosos y críticas que resaltan su alto nivel literario. Ella escribió casi 200 poemas entre París y Lima y los agrupó bajo el título de Máscaras de cal; los escribió en francés y después algunos los tradujo. Hay una edición del Instituto de Estudios Vallejianos de Trujllo que tiene muchos errores de imprenta y de traducción.
domingo, 23 de noviembre de 2008
BUENAVENTURA DURRUTI, UN REVOLUCIONARIO DE PALABRA Y ACCIÓN
AQUI UN DOCUMENTO DESDE LA POSICIONES ANARQUISTAS.
SABEDORES QUE GEORGETTE SE RECLAMABA DEL SOCIALISMO
COMITE CENTENARIO GEORGETTE VALLEJO
“Somos nosotros los que hemos construido los palacios y ciudades en España, América y todo el mundo. Nosotros, los obreros, podemos construir nuevos palacios y ciudades para reemplazar a los destruidos […]. No tememos a las ruinas […]. La burguesía podrá hacer saltar en pedazos su mundo antes de abandonar el escenario de la historia. Pero nosotros llevamos un mundo nuevo dentro nuestro, y ese mundo crece a cada instante…” (1).
El cortejo fúnebre salía del edificio de la Confederación Nacional del Trabajo (“CNT”). El ataúd recorría la calle, cubierto con los colores rojo y negro, llevaba las siglas de la CNT y FAI. Unas trescientas mil personas, con el puño en alto, le daban el último adios al amigo, al compañero y camarada: “Buenaventura Durruti”, quien había fallecido el 20 de noviembre de 1936.
Buenaventura Durruti, nació en León el 14 de julio de 1896. De niño “fue –como refiere, Rosa Durruti, su hermana– un buen alumno. Inteligente, un poco travieso, pero de buen carácter. De profesión mecánico” (2), siempre al servicio de su clase, el proletariado.
Conoció el destierro, sufrió persecución y encarcelamiento por su actividad política y revolucionaria; pero no pudieron aplacarlo ni doblegarlo. Fue un militante activo de la CNT y de la FAI , siempre en constante lucha y dispuesto a la acción. Contraponiendo al fascismo y a todo tipo de dictadura la revolución de los trabajadores y la destrucción del estado, la anarquía.
Desempeño un papel importante contra la sublevación y alzamiento militar fascista (3), donde junto al pueblo se lanzó tenazmente a la lucha –entre ellos se encontraban: Ascaso, Jover, Garcia Oliver, entre otros muchos luchadores (4)–, deteniendo al movimiento faccioso de Barcelona. Días después se constituye el Comité de Milicias Antifascistas (5).
Para Durruti, la guerra y la revolución estaban íntimamente ligados, por tal motivo, inseparables. “Nosotros hacemos la guerra y la revolución al mismo tiempo: …esto es lo que exigen las circunstancias. Las medidas revolucionarias que conciernen al pueblo no se aplican sólo a la retaguardia, …son válidas también en la primera línea” (6). Es así que, por donde pasaban los anarquistas se colectivizaba la tierra, se ocupaban fábricas, talleres […], se proclamaba la comuna libre. Siempre estuvo presto a luchar y mostrar su humanidad y solidaridad por sus compañeros de clase, como lo demostró siempre en su práctica. Es así, que junto a un contingente de un millar de milicianos aproximadamente, se dirigió a Madrid que se encontraba en peligro. Ya en Madrid, a pocos días de haber llegado a la ciudad e incorporarse a la lucha, es abatido por una bala que se aloja en el pecho, a la altura del corazón (19 de noviembre), donde la madrugada del 20 de noviembre de 1936, perdería la vida, tras larga agonía (7).
Es así, que a un año más de su muerte, le rendimos homenaje; no llorando su fallecimiento, sino, recordándolo como persona y revolucionario que fue, no sólo de palabra sino también de acción, pues su memoria perdura y perdurará por siempre, pues lo dio todo –incluso su vida– en aras de la emancipación del proletariado, la revolución social, la anarquía (acracia/comunismo).
¡CUANDO UN REVOLUCIONARIO MUERE, NUNCA MUERE!
¡BUENAVENTURA DURRUTI, CON TÚ EJEMPLO VENCEREMOS!
¡POR LA REVOLUCIÓN SOCIAL !
¡VIVA LA ANARQUÍA !
NOTAS
(1) Enzensberger, Hans Magnus (1975). “El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti”. Grijalbo, México D. F., p. 24.
(2) Entrevista realizada por Pierre Van Paasen (“Toronto Daily Star”, Toronto, 28 de octubre de 1936), en: Enzensberger, Hans Magnus, o. c., p. 193.
(3) Iniciada el 17 de julio de 1936 en Melilla (Marruecos), que luego se extendió a toda España el 18 de julio del mismo año. Ver Thomas, Hugh (1976). “La guerra civil española”. Grijalbo, Barcelona, T. I, p. 239-256.
(4) El 20 de julio moría Francisco Ascaso, tras el asalto al cuartel de los Atarazanas. Ver: Thomas, Hugh, o. c., p. 274.
(5) Para ver la constitución del Comité de Milicias Antifascistas, revisar: Thomas, Hugh, o. c., p. 275-276.
(6) Enzensberger, Hans Magnus, o. c., p. 268.
(7) Para más detalles y ampliar la información, revisar el texto ya mencionado de Enzensberger, Hans Magnus y el de Llarch, Joan (1976). “La muerte de Durruti”. Plaza y Janés, Barcelona.
SABEDORES QUE GEORGETTE SE RECLAMABA DEL SOCIALISMO
COMITE CENTENARIO GEORGETTE VALLEJO
“Somos nosotros los que hemos construido los palacios y ciudades en España, América y todo el mundo. Nosotros, los obreros, podemos construir nuevos palacios y ciudades para reemplazar a los destruidos […]. No tememos a las ruinas […]. La burguesía podrá hacer saltar en pedazos su mundo antes de abandonar el escenario de la historia. Pero nosotros llevamos un mundo nuevo dentro nuestro, y ese mundo crece a cada instante…” (1).
El cortejo fúnebre salía del edificio de la Confederación Nacional del Trabajo (“CNT”). El ataúd recorría la calle, cubierto con los colores rojo y negro, llevaba las siglas de la CNT y FAI. Unas trescientas mil personas, con el puño en alto, le daban el último adios al amigo, al compañero y camarada: “Buenaventura Durruti”, quien había fallecido el 20 de noviembre de 1936.
Buenaventura Durruti, nació en León el 14 de julio de 1896. De niño “fue –como refiere, Rosa Durruti, su hermana– un buen alumno. Inteligente, un poco travieso, pero de buen carácter. De profesión mecánico” (2), siempre al servicio de su clase, el proletariado.
Conoció el destierro, sufrió persecución y encarcelamiento por su actividad política y revolucionaria; pero no pudieron aplacarlo ni doblegarlo. Fue un militante activo de la CNT y de la FAI , siempre en constante lucha y dispuesto a la acción. Contraponiendo al fascismo y a todo tipo de dictadura la revolución de los trabajadores y la destrucción del estado, la anarquía.
Desempeño un papel importante contra la sublevación y alzamiento militar fascista (3), donde junto al pueblo se lanzó tenazmente a la lucha –entre ellos se encontraban: Ascaso, Jover, Garcia Oliver, entre otros muchos luchadores (4)–, deteniendo al movimiento faccioso de Barcelona. Días después se constituye el Comité de Milicias Antifascistas (5).
Para Durruti, la guerra y la revolución estaban íntimamente ligados, por tal motivo, inseparables. “Nosotros hacemos la guerra y la revolución al mismo tiempo: …esto es lo que exigen las circunstancias. Las medidas revolucionarias que conciernen al pueblo no se aplican sólo a la retaguardia, …son válidas también en la primera línea” (6). Es así que, por donde pasaban los anarquistas se colectivizaba la tierra, se ocupaban fábricas, talleres […], se proclamaba la comuna libre. Siempre estuvo presto a luchar y mostrar su humanidad y solidaridad por sus compañeros de clase, como lo demostró siempre en su práctica. Es así, que junto a un contingente de un millar de milicianos aproximadamente, se dirigió a Madrid que se encontraba en peligro. Ya en Madrid, a pocos días de haber llegado a la ciudad e incorporarse a la lucha, es abatido por una bala que se aloja en el pecho, a la altura del corazón (19 de noviembre), donde la madrugada del 20 de noviembre de 1936, perdería la vida, tras larga agonía (7).
Es así, que a un año más de su muerte, le rendimos homenaje; no llorando su fallecimiento, sino, recordándolo como persona y revolucionario que fue, no sólo de palabra sino también de acción, pues su memoria perdura y perdurará por siempre, pues lo dio todo –incluso su vida– en aras de la emancipación del proletariado, la revolución social, la anarquía (acracia/comunismo).
¡CUANDO UN REVOLUCIONARIO MUERE, NUNCA MUERE!
¡BUENAVENTURA DURRUTI, CON TÚ EJEMPLO VENCEREMOS!
¡POR LA REVOLUCIÓN SOCIAL !
¡VIVA LA ANARQUÍA !
NOTAS
(1) Enzensberger, Hans Magnus (1975). “El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti”. Grijalbo, México D. F., p. 24.
(2) Entrevista realizada por Pierre Van Paasen (“Toronto Daily Star”, Toronto, 28 de octubre de 1936), en: Enzensberger, Hans Magnus, o. c., p. 193.
(3) Iniciada el 17 de julio de 1936 en Melilla (Marruecos), que luego se extendió a toda España el 18 de julio del mismo año. Ver Thomas, Hugh (1976). “La guerra civil española”. Grijalbo, Barcelona, T. I, p. 239-256.
(4) El 20 de julio moría Francisco Ascaso, tras el asalto al cuartel de los Atarazanas. Ver: Thomas, Hugh, o. c., p. 274.
(5) Para ver la constitución del Comité de Milicias Antifascistas, revisar: Thomas, Hugh, o. c., p. 275-276.
(6) Enzensberger, Hans Magnus, o. c., p. 268.
(7) Para más detalles y ampliar la información, revisar el texto ya mencionado de Enzensberger, Hans Magnus y el de Llarch, Joan (1976). “La muerte de Durruti”. Plaza y Janés, Barcelona.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Alfonsina Storni: Hombre Pequeñito
Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
Déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
Hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
Ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
Abreme la jaula que quiero escapar;
Hombre pequeñito, te amé media hora.
No me pidas más.
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
Déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
Hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
Ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
Abreme la jaula que quiero escapar;
Hombre pequeñito, te amé media hora.
No me pidas más.
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poesía latinoamericana
jueves, 20 de noviembre de 2008
Carlos Fuentes CHAC MOOL
Chac Mool
Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.
Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.
“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”
“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?... figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.
“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch...”
“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.
“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”
“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”
“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”
“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”
“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”
“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”
“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”
“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”
“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada... Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”
“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”
Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:
“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real... pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo... Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?... si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?... Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir... No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.
“Casi sin aliento, encendí la luz.
“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”
Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:
“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘...un gluglú de agua embelesada’... Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.
“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”
“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”
“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta... Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”
“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”
“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas... Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”
“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo..., es posible que desee matarme.”
“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”
Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.
Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone... no sabía que Filiberto hubiera...
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.
Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.
“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”
“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?... figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.
“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch...”
“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.
“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”
“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”
“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”
“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”
“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”
“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”
“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”
“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”
“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada... Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”
“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”
Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:
“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real... pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo... Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?... si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?... Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir... No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.
“Casi sin aliento, encendí la luz.
“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”
Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:
“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘...un gluglú de agua embelesada’... Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.
“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”
“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”
“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta... Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”
“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”
“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas... Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”
“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo..., es posible que desee matarme.”
“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”
Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.
Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone... no sabía que Filiberto hubiera...
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
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LITERATURA AMERICANA
sábado, 15 de noviembre de 2008
RODRIGO MONTOYA ROJAS ;Hugo Blanco en la historia del Perú
17/10/2008
Article de Rodrigo Montoya Rojas
Publicat al diari La República
Lima, 13 de setembre de 2008
NAVEGAR RIO ARRIBA
HUGO BLANCO EN LA HISTORIA DEL PERU
Rodrigo Montoya Rojas
Fue detenido y puesto en libertad vigilada, otra vez, como tantas en el pasado, desde que la Federación de Campesinos del Cusco decretó, en 1961, la primera reforma agraria del país. Durante el gobierno de Belaunde se le abrió un proceso y estuvieron a punto de condenarlo a muerte. Recuerdo con nostalgia y cariño una jornada de lucha en París, en 1966, por la vida de Hugo Blanco presidida por Jean Paul Sartre y presentada por Mario Vargas Llosa. No pudieron matarlo pero fue condenado a 25 años de cárcel. Hizo lo justo el gobierno de Velasco Alvarado en darle libertad, pero se equivocó cuando le pidió que se convirtiera en funcionario del régimen. Luego, le tocó partir al exilio. Volvió y obtuvo la votación más alta de los candidatos de izquierda en la Asamblea Constituyente de 1979. Podría haber sido el gran líder de la izquierda pero la división fue más fuerte que la unidad y el propio Blanco prefirió ser sólo el candidato del entonces Partido Revolucionario de los Trabajadores, PRT. Después, fue diputado. Un eclipse era inevitable al dejar su espacio natural de organizador y líder de masas para lidiar en el parlamento con los viejos zorros de la derecha.
Siguieron algunos años de silencio cuando pasó por Chiapas, en México. De los zapatistas retomó el impulso para pensar en la política con armas nuevas. Ya no se trata de la simple lucha por la tierra sino de defender pueblos con sus propias lenguas, culturas, identidades, territorios, derecho de autodeterminación y autogobierno. De regreso a Cusco, se reencontró con el quechua que es su lengua preciosa de toda la vida y con los pueblos quechuas organizándose de otro modo. En una de las muchas veces que conversamos, me contó que volvía con humildad para ayudar y servir, no para ser otra vez el dirigente que fue. No se trata del reposo del guerrero sino simplemente de un cambio de puesto en lo que ha sido su trayectoria vital y política. Sigue siendo él mismo, desde su primer choque violento con la realidad como cuenta en un breve texto dando cuenta de su última detención:
¨Mi ligazón a este caso se remonta a mi niñez en Huanoquite, Paruro, Cusco, cuando recibí el impacto de la noticia de que el hacendado Bartolomé Paz hizo que se marcara con hierro candente en la nalga de un campesino indígena sus iniciales: BP. Naturalmente el señor Paz no fue detenido, eso no se podía hacer con una persona de respeto. Probablemente ese hecho marcó el sentido de mi vida. Ahora, su hijo, Rosendo Paz, heredero de la hacienda, arrebata las tierras del anexo Markhura de la comunidad indígena de Tantarcalla, habiendo inclusive instalado en ellas un corral que es utilizado para el depósito de ganado robado…”.
Recibe, querido Hugo, un hondo abrazo, lleno de gratitud por lo que hiciste y haces para que acabe de una buena vez el reino de los senores de la tierra y sus siervos. Despues de las tomas de tierras y las reformas agrarias, otro es el rostro del Peru.
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Article de Rodrigo Montoya Rojas
Publicat al diari La República
Lima, 13 de setembre de 2008
NAVEGAR RIO ARRIBA
HUGO BLANCO EN LA HISTORIA DEL PERU
Rodrigo Montoya Rojas
Fue detenido y puesto en libertad vigilada, otra vez, como tantas en el pasado, desde que la Federación de Campesinos del Cusco decretó, en 1961, la primera reforma agraria del país. Durante el gobierno de Belaunde se le abrió un proceso y estuvieron a punto de condenarlo a muerte. Recuerdo con nostalgia y cariño una jornada de lucha en París, en 1966, por la vida de Hugo Blanco presidida por Jean Paul Sartre y presentada por Mario Vargas Llosa. No pudieron matarlo pero fue condenado a 25 años de cárcel. Hizo lo justo el gobierno de Velasco Alvarado en darle libertad, pero se equivocó cuando le pidió que se convirtiera en funcionario del régimen. Luego, le tocó partir al exilio. Volvió y obtuvo la votación más alta de los candidatos de izquierda en la Asamblea Constituyente de 1979. Podría haber sido el gran líder de la izquierda pero la división fue más fuerte que la unidad y el propio Blanco prefirió ser sólo el candidato del entonces Partido Revolucionario de los Trabajadores, PRT. Después, fue diputado. Un eclipse era inevitable al dejar su espacio natural de organizador y líder de masas para lidiar en el parlamento con los viejos zorros de la derecha.
Siguieron algunos años de silencio cuando pasó por Chiapas, en México. De los zapatistas retomó el impulso para pensar en la política con armas nuevas. Ya no se trata de la simple lucha por la tierra sino de defender pueblos con sus propias lenguas, culturas, identidades, territorios, derecho de autodeterminación y autogobierno. De regreso a Cusco, se reencontró con el quechua que es su lengua preciosa de toda la vida y con los pueblos quechuas organizándose de otro modo. En una de las muchas veces que conversamos, me contó que volvía con humildad para ayudar y servir, no para ser otra vez el dirigente que fue. No se trata del reposo del guerrero sino simplemente de un cambio de puesto en lo que ha sido su trayectoria vital y política. Sigue siendo él mismo, desde su primer choque violento con la realidad como cuenta en un breve texto dando cuenta de su última detención:
¨Mi ligazón a este caso se remonta a mi niñez en Huanoquite, Paruro, Cusco, cuando recibí el impacto de la noticia de que el hacendado Bartolomé Paz hizo que se marcara con hierro candente en la nalga de un campesino indígena sus iniciales: BP. Naturalmente el señor Paz no fue detenido, eso no se podía hacer con una persona de respeto. Probablemente ese hecho marcó el sentido de mi vida. Ahora, su hijo, Rosendo Paz, heredero de la hacienda, arrebata las tierras del anexo Markhura de la comunidad indígena de Tantarcalla, habiendo inclusive instalado en ellas un corral que es utilizado para el depósito de ganado robado…”.
Recibe, querido Hugo, un hondo abrazo, lleno de gratitud por lo que hiciste y haces para que acabe de una buena vez el reino de los senores de la tierra y sus siervos. Despues de las tomas de tierras y las reformas agrarias, otro es el rostro del Peru.
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domingo, 2 de noviembre de 2008
CARTA DE MARIATEGUI A VALLEJO (14 DE OCTUBRE DE 1929)
Lima 14 de octubre de 1929
Querido y admirado Vallejo:
Me reconozco en deuda con Ud. Recibí su grata carta, escrita ya con el pie en el estribo para el gran viaje, y más tarde una postal. No le contesté entonces, incierto sobre su dirección y sobre la duración probable de su estada en la U.R.S.S. Después, en la ansiedad de conocer sus primeras impresiones, continue esperando noticias de Ud. Todo esto complicado con el enorme trabajo que sobre mi pesa, privándome del placer de ser puntual en mi más cara correspondencia.
Hoy, renunciando a la satisfacción inmediata del deseo de escribirle largamente, quiero hacerle llegar cuatro lineas que reanuden nuestro interrumpido dialago. Necesito recibir, con su respuesta una o dos direcciones de Ud. No me fio de la del consulado y veo en un periodico de Cajamarca que Ud. mismo no la recomienda a sus corresponsales. A la dirección señalada en su carta a ese periodico - 11, Avenue de l´Opera - le hemos dirigido últimamente "Amauta" "Labor" y dos pequeños libros que tenía encargo de adjuntarle a nuestro primer envío. Al consulado le dirigí hace meses, con ejemplares de "Amauta", un ejemplar de mis "7 ensayos". Espero que compliesen con entregarle este paquete que expedimos certificado.
Como no habrá dejado de informarle nuestro querido Eudocio, a un activo trabajo de definición ideológica, en el que hemos hecho justicia resuelta de todas las fórmulas baratas y de todos las posiciones equívocas del confusionismo criollo, ha seguido - o acompañado - por nuestra parte una labor seria y constructiva de organización. El editorial del Nº17 de "Amauta" fijó nuestra posición frente a la desviación aprista. El acuerdo de 7 de octubre del 28, dio un carácter formal, creó el organismo realizador de nuestra orientación. De entonces a hoy, no hemos cesado de avanzar en esta labor, contra las dificultados a que nos condena la vigilantes hostilidad policial y nuestra pobreza. Ultimamente, hemos sufrido una grave pérdida. "Labor", que había reunudado su publicación, y que precisamente con su Nº10 habia alcanzado una cifra de circulación que estabilizaba su existencia, ha sido suprimida por el gobierno. Notificado por la policia que su publicación quedaba terminantemente prohibida, en momentos en que debía aparecer el Nº11, reclamé al Ministerio de Gobierno. Obtuve también dela Asociación Nacional de Periodistas, ante la cual plantee concretamente la cuestión de la libertad de prensa, que hiciera por su parte una gestión ante el Ministerio. Pero la respuesta del Ministro es hasta ahora rotundamente negativa. Hemos ganado, sin embargo, una comprobación : la de la solidaridad de las organizaciones obreras y campesinas. Las más importantes de éstas, han acordado apoyar nuestra demanda ante el Ministerio. Hasta de comunidades indigenas del centro, nos llegan copias de protesta y de memoriales al Ministerio pidiendo la reconsideración de la orden dictada contra "Labor". Con este apoyo, no cejaremos. Esperamos que, pasada la ráfaga de zozobra y represión que ha seguido al supuesto y represión que ha seguido el supuesto o efectivo descubrimiento de una conspiración en el ejercito, se reconozca nuestro derecho a mantener "Labor". Posteriormente, el 3 del pte., habiendose la policia dado cuanta de la existencia de un manifiesto de la Confediración General de Trabajadores del Perú, vino a mis casa, después de haber visitado a la imprenta, para notificarme de que ese manifiesto no debia notificarme de que ese manifiesto no debía circular. Respondí que no tenía poder alguno para impedirlo y que no se podia prohibir la circulación de algo que había circulado ya en todos los centros de trabajo de Lima y el Callao y aún en provincias. ( Efectivamente el 9 llegaba "Noticias" de Arequipa con un amplio extracto del manifieto y "Los Andes" del Cerro de Pasco con la primero parte). Sin embargo se comunicó a la imprenta que quedaba prohibida la impresión de cualquier papel mío o de los obreros.
Ya debe Ud. tener noticia de la detención de Paiva, que continúa en la isla. El 12 de se detuvo a otro compañero. Pompeyo Herrera, uno de los editores de "Vanguardia", uno de los editores de "Vanguardia" periodico de la juventud socialista de San Marcos. El 12 se detuvo a otro compañero. Pompeyo Herrera, uno de los editores de "Vanguardia", periodico de la juventud socialista de San Marcos. Y el mismo 12, en la mañana, con refinado oportunismo leguiísta, "La Prensa" comentaba editorialmente el Manifiesto de la CGTP, declarandolo digno de atención, bien fundado en muchas partes, y sobre todo coincidente con el espiritu de "bien entendido socialismo" del regimen. Esto, cuatro días después de que la policia había tratado de secuestrar toda la tirada, con inverosímil retardo.
Sé que Haya, en más de una carta atribuye a rivalidades personal, todo la desaprobación de su rumbo oportunista y caidllesco en que hemos coincidido los elementos más responsanbles y autorizados de nuestro movimiento. A un obrero Manuel Zerpa, le escribió acusandonos de "divisionismo". Se qué el obrero, con seguro instinto clasista, a pesar de sus simpatia personal por Haya, le respondió que no había que termer ningún divisionismo si él disolvia definitavamente el Apra y se adhería disciplinadamente a nuestro P.S.
Seguiré escribiéndole en breve. Estas líneas se proponen sólo establecer una correspondencia regular con Ud. Reclamo su colaboración en "Amauta". A Bazan, le ruego decirle que escribe a "El Mundo" reclamando, si aún no le han girado el valos de sus articulos. A mi me han dicho, que los han hecho ya. Que mande algunos articulos para "Bien del Hogar". Le pagarán Lp.10 por artículo. Puede dirigirlos a María Wiesse. De Ravines hace meses que no tengo noticias. le he escrito varias cartas, las ultimas con la indicación de que aplace un poco su regreso.
Trabajamos intensamente. Es para nosotros una gran alegria, saber que hombres como Ud. como Eudocio y como los otros compañeros de París colaboran en la misma empresa. Mientras me sostenga la solidaridad de grupos como ese, y como los que componen ya nuestros cuadros de provincias, no cejaré en el empeño de dar vida a un partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana.
Fraternalmente lo abraza su devotísimo amigo y compañero.
em>José Carlos Mariategui.
P.D.- Me avisan al cerrar esta carta que Pompeyo Herrera está ya en Libertad. V:
Querido y admirado Vallejo:
Me reconozco en deuda con Ud. Recibí su grata carta, escrita ya con el pie en el estribo para el gran viaje, y más tarde una postal. No le contesté entonces, incierto sobre su dirección y sobre la duración probable de su estada en la U.R.S.S. Después, en la ansiedad de conocer sus primeras impresiones, continue esperando noticias de Ud. Todo esto complicado con el enorme trabajo que sobre mi pesa, privándome del placer de ser puntual en mi más cara correspondencia.
Hoy, renunciando a la satisfacción inmediata del deseo de escribirle largamente, quiero hacerle llegar cuatro lineas que reanuden nuestro interrumpido dialago. Necesito recibir, con su respuesta una o dos direcciones de Ud. No me fio de la del consulado y veo en un periodico de Cajamarca que Ud. mismo no la recomienda a sus corresponsales. A la dirección señalada en su carta a ese periodico - 11, Avenue de l´Opera - le hemos dirigido últimamente "Amauta" "Labor" y dos pequeños libros que tenía encargo de adjuntarle a nuestro primer envío. Al consulado le dirigí hace meses, con ejemplares de "Amauta", un ejemplar de mis "7 ensayos". Espero que compliesen con entregarle este paquete que expedimos certificado.
Como no habrá dejado de informarle nuestro querido Eudocio, a un activo trabajo de definición ideológica, en el que hemos hecho justicia resuelta de todas las fórmulas baratas y de todos las posiciones equívocas del confusionismo criollo, ha seguido - o acompañado - por nuestra parte una labor seria y constructiva de organización. El editorial del Nº17 de "Amauta" fijó nuestra posición frente a la desviación aprista. El acuerdo de 7 de octubre del 28, dio un carácter formal, creó el organismo realizador de nuestra orientación. De entonces a hoy, no hemos cesado de avanzar en esta labor, contra las dificultados a que nos condena la vigilantes hostilidad policial y nuestra pobreza. Ultimamente, hemos sufrido una grave pérdida. "Labor", que había reunudado su publicación, y que precisamente con su Nº10 habia alcanzado una cifra de circulación que estabilizaba su existencia, ha sido suprimida por el gobierno. Notificado por la policia que su publicación quedaba terminantemente prohibida, en momentos en que debía aparecer el Nº11, reclamé al Ministerio de Gobierno. Obtuve también dela Asociación Nacional de Periodistas, ante la cual plantee concretamente la cuestión de la libertad de prensa, que hiciera por su parte una gestión ante el Ministerio. Pero la respuesta del Ministro es hasta ahora rotundamente negativa. Hemos ganado, sin embargo, una comprobación : la de la solidaridad de las organizaciones obreras y campesinas. Las más importantes de éstas, han acordado apoyar nuestra demanda ante el Ministerio. Hasta de comunidades indigenas del centro, nos llegan copias de protesta y de memoriales al Ministerio pidiendo la reconsideración de la orden dictada contra "Labor". Con este apoyo, no cejaremos. Esperamos que, pasada la ráfaga de zozobra y represión que ha seguido al supuesto y represión que ha seguido el supuesto o efectivo descubrimiento de una conspiración en el ejercito, se reconozca nuestro derecho a mantener "Labor". Posteriormente, el 3 del pte., habiendose la policia dado cuanta de la existencia de un manifiesto de la Confediración General de Trabajadores del Perú, vino a mis casa, después de haber visitado a la imprenta, para notificarme de que ese manifiesto no debia notificarme de que ese manifiesto no debía circular. Respondí que no tenía poder alguno para impedirlo y que no se podia prohibir la circulación de algo que había circulado ya en todos los centros de trabajo de Lima y el Callao y aún en provincias. ( Efectivamente el 9 llegaba "Noticias" de Arequipa con un amplio extracto del manifieto y "Los Andes" del Cerro de Pasco con la primero parte). Sin embargo se comunicó a la imprenta que quedaba prohibida la impresión de cualquier papel mío o de los obreros.
Ya debe Ud. tener noticia de la detención de Paiva, que continúa en la isla. El 12 de se detuvo a otro compañero. Pompeyo Herrera, uno de los editores de "Vanguardia", uno de los editores de "Vanguardia" periodico de la juventud socialista de San Marcos. El 12 se detuvo a otro compañero. Pompeyo Herrera, uno de los editores de "Vanguardia", periodico de la juventud socialista de San Marcos. Y el mismo 12, en la mañana, con refinado oportunismo leguiísta, "La Prensa" comentaba editorialmente el Manifiesto de la CGTP, declarandolo digno de atención, bien fundado en muchas partes, y sobre todo coincidente con el espiritu de "bien entendido socialismo" del regimen. Esto, cuatro días después de que la policia había tratado de secuestrar toda la tirada, con inverosímil retardo.
Sé que Haya, en más de una carta atribuye a rivalidades personal, todo la desaprobación de su rumbo oportunista y caidllesco en que hemos coincidido los elementos más responsanbles y autorizados de nuestro movimiento. A un obrero Manuel Zerpa, le escribió acusandonos de "divisionismo". Se qué el obrero, con seguro instinto clasista, a pesar de sus simpatia personal por Haya, le respondió que no había que termer ningún divisionismo si él disolvia definitavamente el Apra y se adhería disciplinadamente a nuestro P.S.
Seguiré escribiéndole en breve. Estas líneas se proponen sólo establecer una correspondencia regular con Ud. Reclamo su colaboración en "Amauta". A Bazan, le ruego decirle que escribe a "El Mundo" reclamando, si aún no le han girado el valos de sus articulos. A mi me han dicho, que los han hecho ya. Que mande algunos articulos para "Bien del Hogar". Le pagarán Lp.10 por artículo. Puede dirigirlos a María Wiesse. De Ravines hace meses que no tengo noticias. le he escrito varias cartas, las ultimas con la indicación de que aplace un poco su regreso.
Trabajamos intensamente. Es para nosotros una gran alegria, saber que hombres como Ud. como Eudocio y como los otros compañeros de París colaboran en la misma empresa. Mientras me sostenga la solidaridad de grupos como ese, y como los que componen ya nuestros cuadros de provincias, no cejaré en el empeño de dar vida a un partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana.
Fraternalmente lo abraza su devotísimo amigo y compañero.
em>José Carlos Mariategui.
P.D.- Me avisan al cerrar esta carta que Pompeyo Herrera está ya en Libertad. V:
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