viernes, 1 de marzo de 2013

CARLOS VERGARA : SOBRE LUIS LOYZA

Cuando se escribe sobre Luis Loayza, se suele mencionar que es un “autor de culto”. Aunque la fórmula es justa, pues sus incondicionales ni abundan ni son muy visibles, ella sugiere, sin desearlo, que se trataría de un escritor para escritores, un esteta hermético para el hombre de a pie, lo cual es falso. Loayza es un escritor notable y no por ello elitista. En realidad, se le considera de “culto” porque la sociedad contemporánea nos ha acostumbrado a que los escritores (como los deportistas o políticos, da igual), además de ser buenos en su oficio, deban ser socialites. Entonces, quien no se dedica al cabildeo de su propia vanidad es raro, excéntrico y/o autor de culto. La etiqueta con la que se califica a un autor es, cada vez más, el producto de su vida pública (dónde publica, quién lo publica, qué opina, cómo se viste, a quién cita, dónde vive, etc.) y no el de su obra. De Luis Loayza, en cambio, no conocemos nada más que su obra (y que fue gran amigo de juventud de Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo, y que no vive en Lima desde hace una vida). Si me lo cruzara mañana por la calle, no podría saludarlo, pues nunca en mi vida he visto una foto suya. Es un autor que publicó poco (aunque todo espléndido), que no ganó grandes premios internacionales y que, por ende, nunca apareció en la portada de El Comercio. Y entonces la gente no lo conoce, y, por lo tanto, es autor de culto. Pero, hay que decirlo, sus relatos y ensayos no solo son brillantes y hondos, son también accesibles. La Universidad Ricardo Palma ha reunido en dos volúmenes la obra publicada hasta hoy por Luis Loayza. Un tomo recoge sus libros de ficción (Relatos) y el otro su obra ensayística (Ensayos). Para mí ha sido un gusto mayor releer sus ensayos en esta nueva edición. En cualquier país con alguna consideración por la cultura, esta publicación sería un gran evento intelectual; no entre nosotros. Y creo, sin embargo, que estamos ante un volumen que es ya un clásico de las letras peruanas. Mario Vargas Llosa ha escrito que los ensayos de Loayza son un canto de amor a la literatura. Claro que sí, amor loco por la literatura, pero no hay solo eso. Hay unos cuantos cariños adicionales que yo quisiera subrayar aquí. Especialmente, el cariño por los escritores peruanos y, a través de ellos, por el Perú. Un cariño no exento de amargura, por cierto, pero cariño al fin. De los tres libros recopilados en Ensayos, los dos primeros abordan las letras peruanas y el tercero, Libros extraños, la literatura universal. Me centro aquí únicamente en aquellos dos primeros. El sol de Lima fue publicado en 1974 y Sobre el Novecientos, en 1990. Es bastante impresionante que ambos conjuntos de ensayos puedan leerse de corrido como si entre ambos no mediaran dieciséis larguísimos años, como si hubieran nacido destinados a convivir en un solo tomo. El conjunto de ensayos de Loayza puede leerse como una novela, no solo por la calidad de su prosa sino porque la mayoría de ellos siguen un esquema en el que la trama de los ensayos (la “anécdota” contada) es una suma de imbricaciones entre la obra y biografía de escritores peruanos, quienes vienen a ser los personajes de la historia; pero, como toda gran obra de arte, los ensayos de Loayza además de poseer “anécdota”, poseen “tema”. Y uno de los temas principales en estos ensayos es la búsqueda por la esquiva construcción de una suerte de alma nacional a través de estos escritores. Aunque la riqueza de estos textos permitiría abordarlos desde muchos frentes, a mí me gustaría recalcar esta preocupación por la autenticidad literaria en un medio propenso a la imitación y la búsqueda de nuestros escritores por hacerse de un sitio dónde encajar, en un país donde cada individuo parece haber nacido encajonado y vivir para desencajarse. Pero, creo que es importante resaltarlo, a esta indagación por la autenticidad literaria subyace la intriga por la autenticidad del Perú. El Inca Garcilaso —¿quién más?— inaugura esta trayectoria de desencajes. Aunque desciende de reyes, desciende de reyes derrotados y, aunque olvida aceleradamente el quechua que aprendió de su madre y vive en el Reino de Castilla donde escribe en el idioma de su padre, “Garcilaso se llamaba a sí mismo no mestizo sino indio”. El Inca Garcilaso estrena así una pelea vital y nacional por una identidad, por conseguir una voz; es la cuestión de la autenticidad que convoca a Loayza. La autenticidad como expresión artística, pero también como expresión de una colectividad que lo supera. Por eso es que Loayza no puede detenerse en la mera obra de sus escritores-personajes, está obligado a inmiscuirse en sus biografías y, a través de ellas, sin fanfarrias academicistas, en la historia y la sociedad. Los títulos de sus ensayos suelen llevar el apellido de nuestros escritores (“Palma y el pasado”, “Chocano y Luis Alberto Sánchez”, “El joven Valdelomar”, “Martín Adán en su Casa de Cartón”, “González Prada y Riva-Agüero, hermanos enemigos”, etc.), lo cual anuncia su intención interpretativa de unos textos pero también de una persona, de su obra y de su sitio en el mundo. Resulta complicado reseñar esta forma interpretativa que, sin renunciar al análisis literario, abre los brazos a la “situación” del ser humano artista. A Loayza no le basta con analizar y recalcar la belleza estética de los escritos de Juan Espinosa Medrano, el Lunarejo —escritor y cura cusqueño del siglo XVII—, nos relata que mientras daba uno de sus célebres sermones y la iglesia reventaba de vulgo y nobleza, hizo un alto en su prédica para exclamar desde el púlpito: “Señores, den lugar a esa pobre India que es mi madre”. Hermoso. Así no más, sin aplastarnos con una baldosa teórica, caemos en la cuenta de que la obra del Lunarejo no se comprende sin los rigores de una sociedad estamental; pero Loayza tiene el talento para mostrarnos tal imbricación sin pretender llevarnos por el atajo inútil (pero fácil) de derivar automáticamente la obra de la biografía y, aun menos, de su sociedad. No es muy distinta su aproximación al costumbrismo limeño del siglo XIX. Esta vez, el género desagrada a Loayza, le resulta de una pobre calidad estética. En uno de sus ensayos más notables, compara la narración de una misma escena histórica por parte del Inca Garcilaso y por Ricardo Palma. La brevedad y contundencia de este texto es absoluta. En Garcilaso, el personaje es un desesperado que clama la muerte; este mismo personaje en manos de Ricardo Palma se convierte en “uno de esos personajes criollos, astutos y sin grandeza: nada más que un bromista, un burlón”. A Loayza le revienta la supuesta picardía limeña. Primero, porque sus manifestaciones literarias son pobrísimas; pero también porque ella resulta indesligable de una sociedad donde todavía se impugna la existencia del individuo, donde la casta manda y donde el escritor costumbrista para ser bueno debe ser, necesariamente, un irremediable provinciano (aunque crea que se burla de la provincia sin la cual, en realidad, no sería nada). Si este itinerario a la búsqueda de una esquiva autenticidad en medio de un país improbable se inicia con el Inca Garcilaso desbaratado entre dos mundos, el personaje más tierno de estos ensayos es el joven Valdelomar, provinciano talentoso, “que nunca hizo daño a nadie y es claro que tuvo esa cualidad que en Lima es mejor disimular: la inocencia”. El Valdelomar de Loayza es, como varios de los suyos, un escritor notable y precoz, desesperado por encontrar una voz en un medio donde nadie extiende permisos para una voz propia. Y fracasa. Su estilo es dado al lujo innecesario. De otro lado, trata de seducir la mirada recelosa de Lima (aunque aparente una cierta rebeldía frente a ella). A través de varios episodios (son varios los ensayos donde aparece este fantástico y real Valdelomar), lo observamos ilusionado con Lima. Desde Europa, escribe cartas pidiendo que le cuenten lo que sucede en Lima; se aburre en París; desde Roma, envía un cuento a un concurso en Lima pidiendo que si el cuento no gana el primer premio este sea retirado subrepticiamente, pues sería indigno no ganarlo. ¡Y está en la Europa que debía deslumbrarlo! En realidad, dice Loayza, “quería a Lima hondamente, como solo deben haberla querido algunos provincianos”. Volvamos a la literatura. Poco antes de su prematura muerte, Valdelomar está hallando esa voz auténtica que le interesa escudriñar a Loayza, porque lo suyo es ante todo la literatura. Pero el ensayista no puede dejar de mostrarnos que esta voz madura y de gran artista, Valdelomar la viene encontrando al narrar sus recuerdos de infancia en Pisco, en la terrible nostalgia que siente por su madre, vamos, en lo más auténtico que posee. Podría seguir reseñando a estos personajes y episodios estupendos que nos hablan de nuestra literatura y del país donde nos tocó vivir, pero ya no hay espacio. En alguno de estos ensayos, Luis Loayza recuerda que Alfonso Reyes definió a la buena literatura como “una verdad sospechosa”, pues a partir de fragmentos de realidad se puede construir maravillosas historias que parecen absolutamente verdaderas. Algo de esto mismo fluye entre los ensayos de Loayza. No podemos estar seguros de que cada una de las interpretaciones que Loayza nos induce a considerar (en esta medida, el lector de Loayza debe ser siempre su cómplice y no un pasivo lector) sea cierta; pero todo se nos aparece razonable y bello, o sea, como esa sospechosa verdad que es la buena literatura. Artículos Relacionados Diez consejos para reactivar la economía