domingo, 28 de agosto de 2016

Fwd: 27 de agosto. Día de los abuelos. Mi abuela Sofía.


---------- Mensaje reenviado ----------
De: <dsanchezlihon@aol.com>
Fecha: 27 de agosto de 2016, 19:47
Asunto: 27 de agosto. Día de los abuelos. Mi abuela Sofía.
Para:



 
 
 
 
 
 
CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
Construcción y forja de la utopía andina
 
2016 AÑO
CONSTRUCCIÓN DE CONCIENCIA
Y CONCRECIÓN DE SOLUCIONES
 
AGOSTO, MES DE LOS NIÑOS,
DE LA JUVENTUD, LAS COMETAS,
EL DEPORTE, EL FOLCLORE Y
DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS
 
CAPULÍ ES
PODER CHUCO
 
SANTIAGO DE CHUCO
CAPITAL DE LA POESÍA
Y LA CONCIENCIA SOCIAL
 
*****
 
27 DE AGOSTO
 
 
DÍA
DE LOS
ABUELOS
 
 
FOLIOS
DE LA
UTOPÍA
 
MI
ABUELA
SOFÍA
 
Danilo Sánchez Lihón
 
SUBIR
A ARREGLAR
LAS GOTERAS
 
1. La trenza
de la lluvia
 
– ¡Hijo, hijo!
– ¿Sí, abuelita?
– Sube a ponerle un balde a la gotera que está pasando agua al dormitorio. –Me ruega.
– ¡Allá voy! –contesto.
Corro y subo al terrado sobre el cuarto donde la abuela duerme.
Me deslizo entre las cosas viejas que de noche remueven las almas de nuestros antepasados que aquí penan.
Trepo por los muros, oliendo los adobes húmedos y abombados.
Aquí está la teja ladeada que deja chorrear el agua y ha hecho un charco en el suelo que se filtra hacia abajo.
 
2. ¿Qué
abuela?
 
Introduzco mis manos que sobresalen por el techo vetusto y cojo las hilachas de la trenza de la lluvia desnuda.
–Ya arreglé la gotera, abuela; –contesto, saliendo a la boca del terrado.
– Ya hijito. Gracias. ¿Ya eres un hombre, di?. –Responde.
Y, hablando unas veces con alguien a quien no vemos, otras con los fantasmas que la persiguen, y otras tantas hablando consigo misma, mi abuela Sofía, madre de mi padre, se pierde caminando leve y difusa por el corredor de la casa con su cantilena interminable:
– ¡Ya se va a caer la bóveda de la sala! ¡Y son los gatos dañinos los que mueven las tejas!
– ¿Qué abuela?
– ¡Ayer no había esa gotera en mi cuarto! ¿O no la he visto? ¿Ayer he levantado la vista? ¿Levanté ayer la pupila?
 
3. Me he
de morir
 
Y mi abuela se detiene solo para dudar:
– Estos ojos también que ya no se dan cuenta de lo que ven. Eso dice y repite como una retahíla mientras el sol de la mañana ilumina el mundo
– Estos ojos que ya no miran.
Las aves se persiguen unas a otras revoloteando sobre el muro y de un momento a otro hacen el amor enfurecidas en sus vuelos.
– Ya me estaré quedando ciega con estos ojos.
La brisa ulula entre las pequeñas hojas de las malvas y desprende ese aroma leve que llega junto con su balanceo tímido y difuso.
– ¡Me lagrimean tanto los ojos!
Y otra vez mi abuela se detiene, pero esta vez es para llorar.
– ¡Ya me he de morir, en este invierno!
 
¡QUÉ
LO VAMOS
A HACER!
 
1. ¡Es paja
de las alturas!
 
– ¿Y a cuánto vendes la carga de paja?
Preguntan las ancianas de las afueras del pueblo al ver al hombre que pasa con sus burros cargados de paja brava, o ichu.
– A cinco reales cuesta, mamita.
– Y, ¡por qué tan caro! ¡Dios del cielo!
– ¿Caro? ¿Acaso no cuesta trabajo madrugar, cortarla y traerla?
– ¡Cómo se está poniendo la vida, Dios bendito!
– ¡Es paja de las alturas! ¡Paja larga y fuerte, madre!
– ¡A ver!
– Téngala. Pálpela. ¡Ya ve!
– ¡Y por qué haces tan flojos los atados, Santo Sepulcro!
 
2. ¡Qué
lo vamos a hacer!
 
– ¡Qué más apretados pues, mamita! ¡Si estuvieran flojos ya se hubieran derramado los tallos por los caminos!
– Y, ¿de dónde es?
– Vengo de la jalca, estoy caminando desde anoche, he cruzado la amanecida y llego recién ¡mire a qué hora! ¡Y sin comida!
– ¡Qué irá a ser de este mundo! ¡Ya nada es bueno ni honrado! ¿Señor, a dónde llegará esta vida?
– ¡Dos días me demora traerla desde la jalca! Y, ¿cortarla? Y los pollinos, ¿Acaso no comen? Y yo, ¿cómo ando por los caminos? ¡De hambre! ¡Qué más barato pues, señora!
– Apéalo, pué. ¡Qué lo vamos a hacer!
– ¡Está bien comprado, mamita!
 
3. Néctar
divino
 
– ¡Qué lo vamos a hacer!
– Así será nuestra vida de pobres.
– Pero me lo subes y me lo dejas en el altillo, porque estas gallinas lo van a picotear y a regar las ramas por el suelo.
– Lo voy a subir, mamita y dejar todo arreglado.
– ¡Ay Dios! ¡Ya no sé qué hacer con estos animales!
– Le va a durar esta pajita que es la mejor de la jalca.
– ¡Niños, no piquen los magueyes!
Es el grito de mi abuela, mientras mordemos entre los dientes esas pepitas de sol esplendente que cargan en sus patitas los moscardones, dejando que se deshaga en nuestra boca esa ambrosía que vamos saboreando con la lengua, en un goce supremo de estar probando néctar divino.
 
 
 ¡CUÁNTA
FALTA
ME HACES!
 
 
1. La pared
del horno
 
– ¡Estos hijos! Pero, ¿cuál es el gusto de perseguir a esos animales por los aires?
– ¿Quiénes?
– ¡Quién van a ser! ¡Ustedes! Ya me han desmoronado el pilar de la sala. ¿Y cuándo se caiga el alero? ¡Ay, cuánta falta me haces Desiderio!
Y mi abuela con un borde de su rebozo se enjuga una lágrima.
– ¡Leoncio! ¡Amelia! ¡Javier! ¿Dónde se meten estos chicos? ¡Como duendes desaparecen! Para las travesuras, ¡díganles y aparecen de donde estén!
– Sí, ¿abuelita?
– ¡Espanten esas gallinas que están picoteando la pared del horno! ¡Ay!, ya no puedo sostenerme ni siquiera para dar unos pasos.
– ¡Chis, gallinas!
 
2. Agua
del pozo
 
Huertos que perennizan la muerte de sus dueños.
– ¡Ay, niña Sofía! –Le dicen– ¡Ya murió la Felipa!
– ¡Cómo! ¡De qué! –Se alarma mi abuela.
– ¡De pena ha sido! Desde que falleció su marido se ha ido secando.
– ¡Con razón ya no la he visto! Y me preguntaba: ¿Habrá viajado?
– Ya no quería comer, ni vivir. No tenía gusto de nada.
– ¡Ay, la vida! Fijesiusté.
– ¡Pena no más sentía!
– De razón que no la he visto.
– Cuándo siempre ella venía a sacar agua del pozo, ¿diga?
 
3. En sus ojos
unas lágrimas
 
– ¡Muy buenita ha sido! Y sufrida, la pobre.
– ¡Ya dejó de padecer la almita de Dios!
– ¡Ya está en manos del señor bendito!
– ¡Ya es alma del cielo!
– ¡Voy a apagar las brasas de mi fogón e iré a acompañarla, mientras su cuerpo aún esté con nosotros!
Y encaminándonos a la casa siento cómo tiembla la mano de mi abuela que va sujeta a la mía.
Y con los hilos raídos de su rebozo ahoga unos suspiros y restriega en sus ojos unas lágrimas desconsoladas. Y repite hablando consigo misma:
– ¡Ya está en manos del señor bendito!
 
 
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